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Mucho Ministerio, poco futuro

El Ministerio de Juventud nació prometiendo situar a los jóvenes en el centro de las políticas públicas. Los datos de ejecución y la realidad social cuentan otra historia.

Imagen generada por IA

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Marta Lama

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Hace unos meses escribía en este periódico sobre una preocupación cada vez más presente entre muchos jóvenes, la dificultad creciente para construir un proyecto de vida estable. Llegar a fin de mes, emanciparse, ahorrar o simplemente proyectar una vida propia se ha convertido para toda una generación en una fuente constante de incertidumbre. Aquel artículo llevaba por título “No hay planeta B, pero tampoco futuro A”.

Precisamente por eso merece la pena hacerse una pregunta: ¿qué está haciendo el Ministerio de Juventud e Infancia creado por el Gobierno para afrontar estos problemas?

El Ejecutivo creó este ministerio en noviembre de 2023 prometiendo colocar a “niños, niñas, adolescentes y jóvenes en el centro de las políticas públicas”. La ministra Sira Rego aseguró incluso que la futura Ley de Juventud sería “la primera de la historia de España” y que tendría una tramitación prioritaria.

La realidad, sin embargo, es bastante menos ambiciosa. Casi tres años después, la gran Ley de Juventud sigue prácticamente en fase de borrador. Mientras tanto, la única ley remitida a la Comisión de Juventud durante esta legislatura se limita esencialmente a cuestiones migratorias vinculadas al reparto de menores extranjeros no acompañados entre comunidades autónomas. 

Pero el verdadero problema no es únicamente legislativo. Es presupuestario, ejecutivo y político. Porque cuando uno analiza en qué se está utilizando realmente el dinero público del Ministerio, aparece una conclusión difícil de esconder: mucha estructura, mucho discurso y muy poco impacto real sobre los principales problemas de los jóvenes españoles.

El Ministerio de Juventud e Infancia contó con un presupuesto de 237 millones de euros en 2024 y de 161 millones en 2025. Sin embargo, buena parte de las cifras conocidas reflejan una ejecución extremadamente baja en áreas que deberían ser prioritarias.

Uno de los ejemplos más llamativos afecta a los fondos europeos destinados a digitalización y competencias digitales para menores y jóvenes. Según los datos de ejecución presupuestaria de la IGAE, de los 70 millones de euros previstos para transferencias a comunidades autónomas y entidades sociales, el ministerio ejecutó 0 euros respecto al total comprometido.

El dato resulta especialmente grave porque hablamos de fondos vinculados a formación y competencias digitales en una generación cuyo futuro laboral dependerá precisamente de ello.

La situación no mejora cuando se observan otros indicadores. Según los propios datos incorporados en la documentación presupuestaria, el Ministerio de Juventud aparece entre los departamentos con menor ejecución de fondos europeos del conjunto del Gobierno. Y mientras tanto, uno de cada tres menores continúa en riesgo de pobreza o exclusión social.

Sin embargo, las partidas específicamente destinadas a iniciativas contra la pobreza infantil resultan prácticamente simbólicas (250k) frente al volumen global del presupuesto ministerial. Paralelamente, el gasto estructural del propio departamento continúa creciendo: retribuciones, alquileres, dietas y estructura administrativa.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de la política actual. Hemos empezado a confundir la creación de estructuras con la solución de problemas. España no tiene hoy un problema de ausencia institucional. Tiene un problema de resultados.

Porque una sociedad no demuestra que prioriza a sus jóvenes por el número de ministerios que crea, sino por su capacidad real para mejorar sus vidas. Y la realidad es que la generación más preparada de nuestra historia sigue enfrentándose a salarios insuficientes, alquileres imposibles, pérdida de poder adquisitivo y enormes dificultades para construir un proyecto vital estable.

Nunca se había hablado tanto de juventud desde la política. Y, sin embargo, pocas generaciones habían sentido con tanta intensidad que el futuro se les escapa de las manos.

Tal vez la verdadera sostenibilidad no consista únicamente en salvar el planeta dentro de cincuenta años, sino también en garantizar que quienes hoy tienen veinte o treinta puedan imaginar un futuro digno dentro de él. Porque no basta con repetir constantemente a una generación que el futuro importa. También hay que permitirle tener uno.

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