En China construyen. En España, tramitan.
El ladrillo no es riqueza: lo que España todavía no se ha atrevido a aprender de China

El Hospital Huoshenshan, en Wuhan (China).
Voy a empezar con un dato que cuesta creer, pero es comprobable. En enero de 2020, en plena emergencia por el coronavirus, China levantó el hospital Huoshenshan en Wuhan en diez días. Mil camas, treinta y cuatro mil metros cuadrados, quirófanos, UCI y conexión a la red eléctrica. Diez días desde el primer movimiento de tierra hasta el primer paciente ingresado. No fue un milagro ni una excentricidad puntual. Fue un sistema coordinado y funcionando a pleno rendimiento, con módulos prefabricados saliendo de fábrica mientras las excavadoras todavía nivelaban el terreno.
En España nos faltan, según el Banco de España, alrededor de 700.000 viviendas, y cada año el agujero se ensancha en torno a 100.000 más. Los precios suben, los jóvenes no se emancipan, el alquiler se ha convertido en deporte de riesgo. Y mientras tanto, la respuesta de los poderes públicos sigue siendo la misma de siempre: echar la culpa a los de enfrente mientras se deja los jóvenes una única opción: seguir esperando.
Detrás de récords como el de Wuhan hay un modelo que conviene analizar sin prejuicios. Fábricas que fabrican edificios como quien fabrica coches. Mientras un equipo prepara los cimientos, otro está soldando lejos del solar los módulos con las tuberías, los cables, el suelo y hasta las ventanas ya puestas. Cuando el camión llega a obra, el edificio ya está hecho. Solo hay que apilarlo. Buena parte del trabajo ocurre en un entorno controlado, sin lluvia, sin frío y sin parón los fines de semana.
En España, el plazo medio para conseguir una licencia de obra puede alcanzar los dos años, según ha denunciado en repetidas ocasiones el Consejo General de la Arquitectura Técnica, mientras en países como Chipre o Finlandia se resuelve en pocas semanas. Y si lo que quieres es transformar un suelo desde cero para empezar a edificar, prepárate para una travesía que, según Colliers, se sitúa entre los diez y los quince años de media, y supera los veinte en algunos casos. Más, si toca recurso. Más todavía, si cambia el equipo de gobierno municipal a medio camino. Y si todo esto va bien, llega el obstáculo final: no hay acceso y conexión para la promoción inmobiliaria, por la congestión actual de las redes eléctricas.
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En China han entendido algo que aquí seguimos sin querer ver. La vivienda especulativa no genera riqueza, solo la redistribuye. Y si el suelo público se convierte en un cuello de botella para edificar, se acaba impulsando la especulación por simple ley de la oferta y la demanda.
El dinero que un país atrapa en ladrillo comprado para revender es dinero que no fabrica, que no exporta, que no investiga y que no innova. Solo cambia de manos y, por el camino, paga impuestos y encarece la vida de quien todavía no tiene casa. Por eso allí han optado por bajarle la presión a ese juego, construyendo mucho y dejando claro que el motor del país tiene que estar en otra parte. En producir, en vender al mundo, en avanzar tecnológicamente. La riqueza de verdad nace cuando un país transforma materia prima en producto y producto en exportación, no cuando sus ciudadanos compiten entre sí y con grandes fondos por revalorizar pisos porque no hay oferta suficiente para atender la demanda.
El resultado de ese cambio de prioridades se ve en los precios. Allí, los precios de la vivienda nueva siguen cayendo por las ganancias en productividad y economías de escala en la fabricación de los edificios. Aquí, en cambio, el precio de la vivienda subió un 12,7% en 2025, la mayor escalada desde 2007, según el INE. La diferencia no está en la ideología. La ley del mercado funciona igual en China que en España. La diferencia está en la oferta y en dónde decide cada país poner su energía. Cuando hay viviendas de sobra, nadie hace caja con la escasez. Cuando faltan, siempre hay alguien que se aprovecha.
Hay además un problema español adicional. No solo faltan viviendas. Faltan también las manos para construirlas. El sector calcula un déficit de unos 700.000 trabajadores y, según datos publicados por El Mundo, el 65% de los albañiles en España tiene hoy más de 45 años, quince puntos por encima de la media del resto de sectores. Los jóvenes no quieren entrar a una obra y los que están se acercan a la jubilación más rápido de lo que llegan los relevos. No es un problema coyuntural. Es estructural. Aunque mañana mismo se firmaran todas las licencias atascadas, alguien tendría que levantar los muros. Y ese alguien, no aparece.
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Por eso, en mi opinión, la construcción industrializada debería ser una prioridad estratégica en España con un plan integral: con formación que comience en las escuelas profesionales y en las Universidades, con centros tecnológicos y cadenas de valor traccionadas por fábricas de construcción modular, con condiciones laborales decentes, climatizadas, con horarios estables, que atraen a perfiles que jamás pisarían un andamio en agosto.
Y con fondos y ayudas suficientes para despertar el emprendimiento y el sentido de la oportunidad. ¿Para qué, si no, están los fondos europeos que recibe España? En Suecia, en torno a ocho de cada diez viviendas unifamiliares incorporan elementos prefabricados de fábrica. Aquí la penetración sigue siendo testimonial.
Pero el método por sí solo no llega. Hace falta tocar el papel. Digitalizar de verdad el expediente de licencia. Una ventanilla única, en línea, con plazos automáticos y silencio administrativo positivo de verdad, no de mentira. Si el ayuntamiento no responde en tres meses, la licencia se concede. Suena de sentido común porque lo es. Pero aquí todavía exigimos que el promotor lo tenga todo decidido antes de poner el primer ladrillo, como si el proyecto no fuese un proceso vivo.
Tenemos que despertar el talento propio y atraer el talento ajeno para convertir nuestras necesidades en oportunidades. Y podemos imitar lo que se hace bien en otros sitios. Lo que importa es dónde decide cada país poner su energía. Si un país pone la suya en fabricar, exportar e innovar, su gente acaba comprando una casa más barata como consecuencia. Si la pone en convertir el ladrillo en un activo financiero, su gente acaba pagando más por vivir igual.
En España, las piedras que frenan la construcción no son técnicas ni económicas. Son de papel y son de inercia. Las pusimos nosotros y las podemos quitar nosotros. Solo hace falta ponerse manos a la obra.