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El agua: una factura que podría encarecer nuestra vida.

La importancia de mejorar este recurso básico y que su valor siga calando generación tras generación

España dispone de tecnología, experiencia y recursos para liderar la gestión hídrica en Europa, pero sigue sin abordar con decisión las pérdidas, la reutilización y la planificación a largo plazo.

La sequía avanza mientras los recursos hídricos continúan bajo presión.

La sequía avanza mientras los recursos hídricos continúan bajo presión.

Raúl Martínez de Miguel

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En nuestro país son bien conocidos los problemas de sequía en ciertas zonas, y más aún estos últimos años, por la inactividad en la toma de decisiones políticas y por la poca practicidad en el uso del recurso. Siempre hemos creído que es algo menor porque no parece afectar de forma directa al bolsillo de la mayoría ya que en España tenemos una factura del agua muy aceptable. Pero sí puede encarecer alimentos y servicios cada vez más utilizados, y esto lo convierte en un punto clave para analizar dadas las exigencias que plantea el futuro. Gastamos agua para muchas más cosas que hace veinte años entre regadío tecnificado, industria, turismo y centros de datos. Y no poner solución a tiempo puede convertirse en un freno serio a la inversión e incluso, en algunas regiones, que el agua sea un bien escaso.

La sequía de 2022 a 2024 fue probablemente el aviso más serio que hemos recibido en décadas. Los grandes embalses del Guadalquivir bajaron a niveles cercanos al 15% en febrero de 2024, y algunas comunidades enteras del sur vivieron restricciones importantes. Normalmente, las lluvias del invierno siguiente nos han dado un respiro y las reservas hídricas peninsulares se regulan. Pero el problema de fondo sigue ahí esperando al próximo año seco, que llegará, porque el clima es cíclico y siempre llega.

Mirando a China para entender el problema desde otra perspectiva

China cumplió en diciembre de 2024 el décimo aniversario de su proyecto de trasvase de agua del sur al norte, una obra que mueve agua del Yangtsé hacia las llanuras secas del norte a través de más de 1.000 kilómetros de canales, túneles y bombeos. En esa década, según los datos del Consejo de Estado chino recogidos por Xinhua y China Daily, el sistema ha transferido más de 76.700 millones de metros cúbicos de agua y ha beneficiado a más de 185 millones de personas en 45 ciudades grandes y medianas. Es la mayor obra hidráulica del mundo. Pero lo realmente impresionante, y más para nuestro país, es que el proyecto se diseñó en los años cincuenta del siglo pasado, y ha ido avanzando sin desviarse pese a los relevos en el gobierno y las turbulencias económicas que el país ha atravesado por el camino.

Allí han decidido que el agua es una infraestructura del mismo rango que la electricidad o las carreteras, y han actuado en consecuencia y continuidad de criterio durante décadas enteras. Aquí, en cambio, llevamos años convirtiendo cada decisión hidráulica en un enfrentamiento entre comunidades autónomas, con el trasvase Tajo-Segura repitiendo cada verano la misma batalla, con planes hidrológicos que se modifican cuando hay elecciones y con un embarrado debate político que no permite entrar en lo técnico.

Lo que España sí está haciendo bien

Sería injusto pasar por alto que en este terreno tenemos cosas en las que somos referencia mundial. España es el mayor productor europeo de agua desalada y uno de los principales del planeta, con una capacidad instalada que supera los 4,5 millones de metros cúbicos diarios, y plantas como la de Torrevieja, con 240.000 metros cúbicos diarios, son ejemplos que se estudian fuera. La ingeniería hidráulica española exporta proyectos por medio mundo, las depuradoras nacionales están entre las más eficientes de Europa y la tradición de planificación de cuencas lleva funcionando desde los años treinta del siglo pasado. Tenemos capacidad técnica, tenemos industria y tenemos experiencia acumulada.

Lo que aún se nos atraganta

El problema aparece cuando miramos otros indicadores que cuentan la otra mitad de la historia. Según los últimos datos del INE, en España se pierde alrededor del 15,4% del agua potable que entra en la red de distribución municipal, con algunas comunidades por encima del 25% y otras como Madrid que han conseguido bajar esa cifra hasta el 1,86%. Esa media nacional supone cientos de hectómetros cúbicos que cada año desaparecen por fugas, conexiones deficientes o redes envejecidas. El equivalente a varios embalses medianos evaporándose ante nuestros ojos.

Debemos prestar un buen caudal de nuestra atención a la reutilización. Según el propio INE, solo el 10,9% de las aguas residuales tratadas en España se reutilizan para usos como el regadío o la limpieza urbana, cuando la tecnología está disponible, las depuradoras funcionan y el sur peninsular tiene una demanda agrícola intensa donde podría ser aprovechada. Israel, por dar una referencia realista en tamaño, reutiliza en torno al 90% de sus aguas residuales según datos publicados por la OCDE, y ha convertido esa eficiencia en una palanca industrial y agroalimentaria que hoy le permite exportar tomate, hortalizas y tecnología hídrica a medio mundo.

La oportunidad la tenemos delante

España tiene las bases para liderar Europa en gestión hídrica si quisiera, contando con la mayor capacidad de desalación del continente y una industria de ingeniería del agua con presencia internacional. Y, sobre todo, una geografía que nos hace especialmente sensibles al recurso, lo que nos debería dar una motivación natural para innovar y crecer. Solo falta hacer las tres cosas que en otros sitios ya están haciendo, que son; modernizar las redes municipales para frenar las pérdidas, multiplicar la reutilización de aguas regeneradas con un marco regulatorio estable y conectar desalación, depuración y agricultura dentro de un plan nacional pensado a treinta o cuarenta años, no al siguiente ciclo electoral.

Si realizamos este trabajo, el agua deja de ser un problema crónico y pasa a ser un impulso económico de primer orden, capaz de atraer agroindustria tecnificada, reforzar la posición del sur peninsular como huerto de Europa, generar empleo y permitir exportar tecnología y experiencia. Tenemos materia prima y conocimiento, además de gran capacidad de mejora. Solo faltan decisiones basadas en tomarnos el agua como una de las infraestructuras más estratégicas del país para las próximas décadas.

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