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"Buen tiempo" ya no significa lo mismo

Cuando el calor deja de ser una preferencia y se convierte en una pregunta, algo ha cambiado. No solo en el clima.

Los termómetros de Sevilla marcan elevadas temperaturas.

Los termómetros de Sevilla marcan elevadas temperaturas.Francisco J. Olmo

Javier Dorado

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Siempre he sido más de calor que de frío. Lo reconozco sin pudor y con convicción: prefiero el verano al invierno, la tarde larga al anochecer temprano, salir sin rebequita siempre que se pueda. Soy, sin remedio, del team calor, pero ya hace un tiempo que lo digo con la boca pequeña.

Porque esta semana, aún en junio y con los termómetros rozando los 44 grados en media España, he estado pensando en cuánta gente se habrá sumado team frío en estos días. Argumentos no les faltan, desde luego, así que me imagino que más de uno habrá cambiado de bando.

Bromas aparte, y desde la perspectiva de un norteño que pasa sus veranos entre la montaña leonesa y las costas gallegas, el calor que yo siempre he querido y añorado ya no es el mismo calor. El calor que recuerdo de niño daba muestras puntuales en mayo, se intercalaba con días impares en junio, duraba lo que tenía que durar en julio y agosto y se iba al poco de empezar el cole. Este se instala, aprieta de noche, no da tregua y me impide hacer vida en la calle durante el día, que es precisamente lo que tanto valoraba del calor de antes. No es buen tiempo. Es otra cosa.

No es nostalgia ni tampoco catastrofismo. Me resisto a sumarme al coro apocalíptico que convierte cada ola de calor en el último aviso antes del fin. No porque no me preocupe -me preocupa- sino porque ese dramatismo tiene un efecto perverso: nos hace sentir que el problema es tan grande que cualquier solución es inútil. Y eso, curiosamente, es la mejor excusa para no hacer nada.

Lo que objetivamente subyace a estos veranos no es un misterio: más calor, más sequía en determinadas zonas, más riesgo de incendio, más presión sobre los ecosistemas que regulan el agua y la temperatura. No hace falta ser científico para verlo. Hace falta salir a la calle, al campo o al mar.

Y ahí está la clave. La respuesta a todo esto no está solo en las cumbres climáticas ni en los titulares de agosto. Está en cómo gestionamos el territorio que nos rodea los 365 días del año. Un monte bien gestionado regula mejor la temperatura local, retiene más agua, arde menos y sostiene más vida. Un suelo cuidado es más resistente a la sequía. Una comunidad rural activa es un sistema de alerta temprana que ningún satélite puede replicar. Una ciudad más verde y con más sombras se hace más habitable.

El calor extremo no se combate solo reduciendo emisiones, aunque también. Se combate manteniendo vivo el territorio: con árboles en su sitio, con agua que no se pierde, con personas que conocen el monte porque viven de él y saben cuándo algo va mal antes de que lo diga ningún modelo predictivo.

Esta semana arranca en varias comunidades la campaña de alto riesgo forestal. En Galicia he escuchado una frase del sector forestal que me parece la perspectiva más honesta y la más ignorada y que se puede aplicar al campo, al mar y, como es el caso, al monte: "Somos los primeros interesados en que no haya fuego, porque el monte es nuestro lugar de trabajo."

Ellos saben lo que pasa dentro del bosque. Los que conocen cuándo está seco, cuándo hay carga de combustible, cuándo el viento viene mal dado. Los que tienen todo el incentivo para que no arda, porque si arde, pierden su trabajo, su patrimonio y en algunos casos su casa.

España quemó casi 400.000 hectáreas el año pasado. No por falta de decretos, si no por falta de gestión, porque cada vez es mayor la extensión de territorio abandonado, sin nadie que lo limpie, sin ganado que controle el sotobosque, sin población que vigile y conozca el terreno. El fuego no distingue entre el monte gestionado y el monte abandonado: pero el monte gestionado le da mucho menos combustible.

Me resulta llamativo que el mismo debate que tenemos con la biodiversidad o con el agua lo tengamos también con el fuego. Hay que hacer política de la buena: la que se sienta con quien trabaja el territorio, entiende cómo funciona cada lugar y construye desde ahí la respuesta. No desde un diario oficial.

Sigo siendo más de calor que de frío, pero menos. Ya no doy el buen tiempo por garantizado. Y eso, más que cualquier dato climático, me dice que algo ha cambiado de verdad y ese cambio no parece que vaya a hacer mejor nuestras vidas.

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