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Interior vuelve a arder: el “caso DAO” acorrala a Marlaska y destapa una guerra sorda en la cúpula policial

El escándalo por la denuncia contra el ya ex Director Adjunto Operativo de la Policía Nacional amenaza con convertirse en una bomba política de racimo. En paralelo, Ferraz vuelve a quedar retratado con el caso Borja Cabezón: ingeniería fiscal, colocaciones y un Tribunal de Cuentas que deja avisos.

Luis Sordo
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“Empieza a verse la punta del iceberg”. La frase, lanzada en el plató de Espolítica por Benjamín López, resume el clima que se ha instalado esta semana: el Gobierno dice “asumir responsabilidades”, pero en la práctica —denuncian los tertulianos— nadie paga la factura política. Y lo que ha estallado en Interior no es un incidente aislado: es un retrato inquietante del poder, la impunidad y el control de daños.

Un mando “intocable” y un ministro que mira hacia otro lado

La denuncia contra el ya ex DAO —máxima autoridad operativa dentro del cuerpo— no solo golpea a un nombre. Golpea al sistema que lo sostuvo. En el debate se repitió una idea: si alguien no debió estar ahí, menos aún debió ser mantenido y protegido.

López lo planteó sin rodeos: hay responsabilidades políticas por haber impulsado a un mando con un comportamiento personal “incompatible” con la ejemplaridad exigible a quien dirige a la Policía Nacional. Y añadió un elemento especialmente grave: la sospecha de que se “retorció” la norma para prolongar su permanencia más allá de la edad que le correspondía.

El punto de fricción está en la cronología. Si mandos relevantes ya conocían el episodio meses antes, ¿cómo no iba a estar al corriente el ministro? La pregunta persigue a Fernando Grande-Marlaska en pasillos y hemiciclo. Y su estrategia, según se comentó en el programa, fue la de siempre: balones fuera.

La víctima y la línea roja: “no se vende”

María Jamardo aportó uno de los datos más demoledores desde el punto de vista político y humano: la tesis de las presuntas ofertas para silenciar a la denunciante.

Según relató, el abogado de la víctima sostiene que hubo intentos de disuasión y propuestas de destinos, ascensos o “prevendas” tras los hechos. Y ante cualquier insinuación de “arreglo”, la respuesta fue tajante: no pactarán con Interior. “No se vende”, trasladó Jamardo.

Es aquí donde el caso adquiere una dimensión todavía más áspera: la indecencia de cargar sobre la víctima el futuro del ministro, como si la continuidad de Marlaska dependiera del grado de “conformidad” de quien denuncia. “Bastante tiene con su calvario”, se dijo en el debate, como para que encima se convierta en árbitro de la responsabilidad política.

¿Por qué no denunció antes? El miedo dentro del propio sistema

Hubo un intento claro de separar dos planos: el de la ciudadanía que acude a comisaría y el de una víctima que, por su condición profesional, teme que el propio engranaje pueda volverse contra ella.

Jamardo defendió un mensaje de confianza general en jueces, fiscales y policías que trabajan con rigor con víctimas de delitos sexuales, pero subrayó el elemento diferencial: cuando el agresor es tu superior jerárquico y forma parte de una cúpula con redes internas, el riesgo percibido se multiplica.

En el debate se describió, además, un clima interno tóxico: llamadas, presuntas coacciones, y el temor a que una denuncia dentro del circuito policial pudiera ser interceptada o “gestionada” por lealtades corporativas.

UDEF, UCO y el retrato de una cúpula en crisis

En Espolítica se insistió en un diagnóstico que no es nuevo pero sí cada vez más extendido: el problema no está en el agente raso, sino en una élite de mandos. Se habló de deterioro de prestigio, de desconfianza y de un relevo tácito en investigaciones sensibles: donde antes brillaba la UDEF, ahora aparece la UCO como referencia.

Esa “radiografía” se completa con un dato simbólico que, para los tertulianos, lo dice todo: que la denunciante optara por acudir a un juez en lugar de denunciar en su propio cuerpo.

El otro escándalo que pretende pasar “de puntillas”: Borja Cabezón y el manual del sanchismo

Y cuando parecía que Interior ya tenía bastante, el debate giró hacia otro foco: Borja Cabezón y la vieja tentación de Moncloa de colocar perfiles orgánicos en instituciones de prestigio.

Jamardo recordó el informe de fiscalización del Tribunal de Cuentas sobre Casa de América, y el contexto: presiones políticas, intentos de situar a un dirigente socialista en una entidad compartida por Ayuntamiento y Comunidad de Madrid, y paralelismos con otros nombramientos polémicos.

Benjamín López elevó el tono: lo de Cabezón, sostuvo, no es un “tema espeso” de tecnicismos, sino algo entendible para cualquiera: estructuras societarias y maniobras para pagar menos impuestos. Y remató con el contraste que duele especialmente en la izquierda: el catecismo fiscal para los demás y la ingeniería para uno mismo.

La pregunta, otra vez, no es solo jurídica. Es política: Pedro Sánchez prometió ceses fulminantes para conductas de ese tipo. Y, sin embargo, no hubo destitución ni en 24, ni en 48, ni en 72 horas.

Una semana, dos retratos: poder sin costes y control de daños

El “caso DAO” y el “caso Cabezón” comparten un hilo: la sensación de impunidad y el reflejo automático de proteger al aparato. En Interior, cortan cabezas operativas y esperan que el incendio se apague solo. En Ferraz, el escándalo se intenta diluir como si el volumen de noticias pudiera anestesiar al público.

Pero hay un problema para Moncloa: el calendario no juega a su favor. Con diligencias, declaraciones y más detalles por aflorar, el “iceberg” del que hablaba López amenaza con crecer. Y cuando un Gobierno fía su supervivencia a que no salga nada nuevo… suele ser cuando sale todo.

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