17 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Antonio R. Naranjo

    El Gran Carnaval

    Como en la película de Billy Wilder, la política española es un carnaval solemne, cómico y trágico a partes iguales. Y así es esta bitácora de un analista perplejo que cada día lo observa todo en ESdiario y Herrera en Cope.

La verdadera razón por la que Rajoy, Sánchez y Rivera se entenderán el 27-J

Rajoy y Sánchez, en uno de sus encuentros en La Moncloa

Rajoy y Sánchez, en uno de sus encuentros en La Moncloa

Se digan lo que se digan en lo que queda de campaña, los dos grandes partidos alcanzarán algún tipo de acuerdo. La razón: no les queda más remedio.

Aunque las campañas electorales son siempre una excitante competición de frases gruesas y de sentencias aparentemente irreversibles; casi todo lo que se dice en ellas tiene el mismo futuro que una factura escrita en una barra de hielo depositada bajo el sol del mediodía de agosto.

La tensión entre el PP y Ciudadanos, en ese sentido, obedece más al legítimo deseo del primero de recuperar todos los votos perdidos y al no menos legítimo afán del segundo por mantener y atraer a todos los descontentos con Rajoy que a la firme decisión de unos y otros de no entenderse cuando pase el fragor electoral.

Se digan lo que se digan ahora –y la oscilante actitud de Pedro Sánchez con Podemos desde las elecciones autonómicas de hace más de un año hasta aquí es la mejor prueba de ello-, al día siguiente del 27-J ambas formaciones se entenderán porque no les queda más remedio: dado que para Ciudadanos la otra opción es sumarse a una alianza ya de por sí traumática entre Podemos y PSOE que probablemente tendría a Pablo Iglesias como presidente, el entendimiento con el PP es tan inevitable como necesario para seguir manteniendo los focos sobre Rivera, primera e inteligente razón del ya caducado pacto con el PSOE: de no haberlo firmado, los 40 diputados de Ciudadanos hubieran sido en estos meses una mera comparsa y sus opciones electorales en la nueva cita hubiesen caído en picado.

Todos los actores están obligados a cambiar de actitud respecto a la gestión del 20-D

Aunque el riesgo de retratarse con Sánchez fue elevado, lo era menos que quedarse en un rincón de la barra tomando una copa mientras el resto bailaba en la pista. Pero ahora todo ha cambiado y al menos hay tres poderosas razones para intuir el pacto que entonces no existían: la imposibilidad de obligar a los españoles a ir a las urnas por tercera vez; la inviabilidad de repetir un acuerdo con un PSOE en barrena al que tendría que sumarse Podemos en el papel de macho alfa y, finalmente, la certeza de que el PP hará movimientos desde el minuto uno a diferencia de hacer cuatro meses.

El fantasma de las terceras elecciones

Ciudadanos sólo puede pactar con el PP porque la otra opción es una locura o ir de nuevo a las urnas. Y el PP no se puede permitir tampoco repetir su estrategia del 20-D, renunciando a participar en la investidura hasta que no tenga garantizados los 176 diputados que, para todos los contendientes, son una cifra ya tan mítica como los unicornios.

Esto es, por mucha tensión personal que exista entre Rajoy y Rivera; el 27-J el primero llamará al segundo y el segundo atenderá al primero. Y tan cierto es esto como que el cuarto, si se cumplen los pronósticos, tendrá que decidir entre permitir esa alianza o convertirse en mayordomo de Iglesias, que es lo que sería Sánchez como presidente intervenido por Podemos y, no digamos ya, como vicepresidente.

Como lo razonable es que esa decisión no la tome ya el actual líder socialista, cuya caída en la misma noche electoral será reclamada por muchos de sus cualificados compañeros si no se marcha voluntariamente; parece mucho más improbable que un PSOE sumido en una crisis profunda inicie su travesía del desierto como muleta de Podemos que lo haga, por el bien de España, tolerando con su abstención la gobernación del partido más votado en alianza con quien él mismo aceptó de socio.

El verdadero dilema no es siquiera si el beneficiario del más que probable y sin duda necesario acuerdo del PP con Ciudadanos y con el PSOE, cada uno de una manera, será o no Rajoy –el supuesto veto desaparecerá el 27-D si supera sus resultados del 20-D y se cambiará por un paquete de exigentes reformas-; sino qué tipo de Gobierno saldrá del pacto para darle una vuelta al país sin reventarlo y afrontar una crisis conceptual, intelectual, económica, cultural y social que afecta a toda Europa y dista mucho de haberse acabado.

Como no se puede poner el carro delante de los bueyes en una campaña electoral, resulta ingenuo pedir respuestas a este respecto cuando no es momento siquiera de hacer las preguntas. Pero si Ciudadanos fue capaz de anunciar su participación en un Gobierno de Sánchez, bien es cierto que sabiendo que tal Ejecutivo nunca existiría pero que diciéndolo se abortaba un pacto alternativo del PSOE con Podemos –un servicio que todos deberíamos agradecer a Rivera-; ¿por qué no iba a hacer lo mismo con el PP si la agenda reformista que necesariamente se pactaría permite, sin duda, promover ante la opinión pública la idea de que se abre de manera clara un nuevo tiempo con nuevas caras aunque algunas sean ya muy conocidas?

Y si el PP está dispuesto a gobernar junto al PSOE, ¿cómo no va a aceptar las reformas que el exija Ciudadanos para firmar acuerdos parecidos a los que funcionan, y muy bien, en lugares tan complejos como la Comunidad de Madrid?
Si son ciertos los presagios de que la suma de PP (al alza en porcentaje de votos) y Ciudadanos estará en una horquilla de 160 por abajo y 175 por arriba (por el impacto de la alianza de Podemos e IU a la hora de aprovechar sus restos en algunas circunscripciones) y su alternativa por la heterogénea izquierda moderada y extrema difícilmente pasará de los 165 en el mejor de los casos; las incógnitas a despejar tienen más que ver con lo adjetivo que con lo sustantivo.

O dicho de otra manera, con las personas que con los acuerdos, lo que en sí mismo sugiere que cuando llegue el momento de hablar de lo importante lo accesorio quedará confinado en el terreno de la pugna electoral.

Lo que España necesita es un gran pacto de legislatura entre dos partidos complementarios y, a la vez, un PSOE renovado

Y dado que España se juega tanto y que estamos en un momento en el que a casi nadie le ofende un entendimiento entre el PP y el PSOE impensable en la historia reciente de nuestra democracia, ¿cómo no va a ser posible firmar los sacrificios que sean menester para que PP y Ciudadanos se pongan de acuerdo, para cuantas más cosas mejor y con cuanto más compromiso mejor, dejando al PSOE que se enfrente a su dilema, como el propio Pablo Iglesias repite con toda la razón?

Si el pacto entre PP y C´s es inevitable, necesario y más que probable; al precio que sea para ambos; lo único que queda por despejar en realidad es el papel del PSOE. Haberse entregado en las autonómicas y municipales a Podemos, para camuflar su primer hundimiento en esa cita con la obtención artificial de ayuntamientos y comunidades donde había perdido, está teniendo por principal efecto el ya célebre sorpasso.

El "pacto de los complementarios"

Al PSOE le toca, pues, enfrentarse con su enemigo –Podemos- y entenderse con sus rivales –PP y Ciudadanos-. Lo otro ya lo ha probado y lo último que puede hacer es persistir en el error. Haberlo prolongado tanto sólo le ha servido para pagar un precio mayor y para enfrentarse a ahora un panorama que podía haberse ahorrado si Sánchez no llevara año y pico hipotecándolo todo a un objetivo tan ramplón como su propia supervivencia interna, con la complicidad de sus tibios y cobardes detractores, incapaces de ponerle en su sitio a tiempo: el de decirle a sus militantes que es mejor dejar gobernar a quien ha ganado que echarse en brazos de una mantis morada que, tras la cópula, siempre decapita a su pareja.

Lo que España necesita es un gran pacto de legislatura entre dos partidos complementarios y, a la vez, un PSOE renovado capaz de permitir ese comienzo sin perder su condición de oposición al nuevo Gobierno y, al mismo tiempo, a una paleoizquierda que sólo los socialistas pueden y deben saber frenar.

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