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Arruinan el cumpleaños de la Infanta Cristina: dos inesperados regalos envenenados

La hija mediana de los Reyes Eméritos está a punto de celebrar sus seis décadas de vida y lo hace en un momento que, de repente, se ha complicado más de lo pensado

La Infanta Cristina en una imagen de archivo

La Infanta Cristina en una imagen de archivoEuropa Press

David Lozano
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El 13 de junio, la Infanta Cristina cumplirá 60 años. Una cifra redonda, que en cualquier otra vida marcaría un hito de estabilidad, celebración y afectos. Pero en su caso, lo que ha recibido son tres regalos que, lejos de endulzar la fecha, parecen envueltos en espinas. Como un varapalo camuflado bajo un lazo, cada uno de estos presentes encierra un mensaje incómodo, un recordatorio de lo que fue, lo que ya no es y lo que nunca será. Pilar Eyre, en su blog de la revista Lecturas, lo cuenta con su habitual precisión y cierta dosis de amargura: estos obsequios no son más que la radiografía del momento vital de Cristina de Borbón, lleno de repliegues, silencios y resignaciones.

El primero de los regalos —aunque más bien podríamos llamarlo un autorregalo— tiene que ver con la necesidad de protegerse. Esta semana se han instalado nuevas ventanas de seguridad, con vidrios laminados, en toda la fachada exterior del piso de la Infanta en la avenida Pedralbes de Barcelona. Un piso de 300 metros cuadrados valorado en unos dos millones de euros, que cada vez parece más preparado para convertirse en su residencia definitiva. Se estima que esta inversión para blindar su intimidad ha costado unos 30.000 euros. Lo que busca Cristina es, quizás, alejarse del escrutinio público: evitar ser fotografiada, vigilada desde las viviendas cercanas o, simplemente, escuchada. Es su forma de construir un pequeño bastión de paz, una trinchera desde la que mirar el mundo sin ser mirada.

Este gesto da muchas pistas sobre sus intenciones de futuro. Aunque podría jubilarse tras más de tres décadas en su empresa, prefiere seguir trabajando. No solo porque le guste lo que hace, sino porque así mantiene viva esa vocación solidaria heredada de su madre, la Reina Sofía.

El segundo regalo llegó por parte de su exmarido, Iñaki Urdangarin, y fue aún más simbólico. Su entrevista en La Vanguardia, la primera que concede a un medio en quince años, fue pactada y negociada cuidadosamente. Cristina fue consultada antes de su publicación y se establecieron límites claros: ni menciones a la Familia Real, ni referencias al escándalo que lo llevó a prisión. Urdangarin habla de reinventarse, de su nueva empresa de coaching, de cómo estudió psicología en la cárcel “para conocerse a sí mismo”, y hasta de la elíptica como compañera de encierro. Todo lo que concierne a su relación con Cristina, su separación, e incluso su actual pareja, Ainhoa Armentia, aparece disfrazado de ambigüedad o resumido en un par de frases. Una entrevista que, pese a su tono medido, sirve como escaparate para una figura que todavía genera incomodidad en su entorno más cercano.

Pero ha sido el tercer “regalo” el que más amargura ha dejado en el ambiente: el adelanto de las memorias de Bárbara Rey en El Mundo. En ellas, la vedette narra su relación con el rey emérito con la franqueza de quien ya no tiene nada que perder. Describe encuentros clandestinos, pagos en efectivo, episodios de manipulación emocional y un progresivo deterioro de su autoestima. Cada frase parece un dardo envenenado no solo para Juan Carlos, sino también para su familia, incluidos sus hijos. Aunque Bárbara asegura estar harta de hablar del tema, sabe perfectamente que ese es el anzuelo mediático que funciona.

Eyre plantea, con agudeza, que lo que realmente busca Bárbara no es venganza sentimental, sino resarcimiento económico. Al final, el daño colateral de estas confesiones lo sufren principalmente la Reina Sofía y sus hijos, que una vez más deben digerir los escándalos con entereza pública y silencio privado. Pero, como bien señala la periodista, no es Bárbara la culpable. ¿Por qué debería callarse? ¿Por qué es ella la que tiene que cargar con el peso de la discreción?

Aún no se sabe cómo celebrará la Infanta Cristina su cumpleaños: si lo hará en una reunión familiar discreta, como sugieren algunos, o si aprovechará para un reencuentro visible al estilo del que protagonizó su hermana Elena. Lo cierto es que Cristina, la hermana mediana, sigue ocupando ese lugar incierto, a medio camino entre la visibilidad de los mayores y los privilegios de los pequeños. Un verso suelto, como tantos en esta familia que ha aprendido a hablar sin decir, a callar sin olvidar, y a recibir “regalos” que pesan más de lo que alegran.

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