El Emérito y su último y doloroso gesto de amor a su nieta Leonor
Don Juan Carlos toma una dura decisión fruto de una larga reflexión y que tiene que ver con su nieta y su actual situación familiar e institucional

La Princesa Leonor en Santiago de Compostela, este lunes 14.
El Rey Juan Carlos abandonó este domingo Sanxenxo tras cuatro días en Galicia, justo cuando su nieta, la Princesa Leonor, concluía su travesía a bordo del Juan Sebastián Elcano, desembarcando en Marín. Aunque los dos estaban a escasos treinta minutos en coche, el esperado reencuentro nunca se produjo.
En lugar de eso, minutos después de las seis de la tarde —y apenas tiempo después del arribo de Leonor— el Rey Emérito abandonó Sanxenxo dirección al aeropuerto de Vigo, dejando atrás cualquier posibilidad de saludo o abrazo familiar con su nieta. Un movimiento planeado con precisión.
Según ha podido saber ESdiario de fuentes cercanas al exmonarca, la elección no fue casual: Don Juan Carlos tomó esta decisión para preservar la imagen de Leonor en un momento donde sus vínculos con la Casa Real están tensos, y para que el ambiente no se tiñera en el día en el que ella recibe la Medalla de Oro de Galicia y el título de Hija Adoptiva de Marín. Fue, sostienen esas fuentes, un acto pensado desde el afecto, el respeto y el deseo de no eclipsar el protagonismo de su nieta.
El Rey llegó el jueves a Vigo en un perfil bajo: sin timón al mando de El Bribón, pero acompañado de su tripulación en la Regata Hotel Carlos I Silgar, última prueba del Trofeo Xacobeo de la clase 6M. El sábado recibió a su hija, la Infanta Elena, con quien compartió complicidad en la vela, pese al viento en contra. Se les vio navegando y sonriendo, hasta que la meteorología adversa precipitó el regreso a la casa de Pedro Campos. Padre e hija volvieron con la satisfacción de un fin de semana vivido sin sobresaltos.
Muchos esperaban que, al día siguiente, el antiguo monarca se desplazara a Marín para felicitar a la Princesa Leonor por su papel como guardiamarina. El ambiente, decían, pedía ese encuentro. Pero no fue así. En vez del reencuentro familiar, lo que se impuso fue la estratégica retirada del Emérito, que tomó su avión privado rumbo a Abu Dabi.
El frio sustrato de la noticia esconde un repliegue meditado. La ausencia no es distanciamiento emocional, sino un deseo calculado de no protagonizar una escena que desplazara el signo del día: la despedida de La Armada, el punto culminante en la formación militar de la heredera. Juan Carlos I prefirió ceder el foco y volar antes de que el protocolo y la curiosidad eclipsaran la ceremonia.
Porque en la retina del público está el simbolismo de ese gesto: el abuelo que se ausenta para no robar ni una brizna del protagonismo de su nieta, en una tarde en que ella es noticia por derecho propio. Un gesto que —según los entornos del Emérito— nace del amor y el respeto, y no del distanciamiento.
La fotografía del día la protagoniza Leonor, recibiendo su medalla con aplomo, mientras su abuelo se despide en silencio desde Sanxenxo. La distancia física se convierte en narrativa no escrita: un mensaje sutil de lealtad, afecto y prudencia. Y también cariño y mucho respeto para su nieta, que es además la heredera de la Corona.