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El Rey Felipe cierra el ala norte de Zarzuela y pone ahora en la calle a los Urdangarin

El monarca recuerda a su familia que el Palacio no es un hotel: las estancias donde dormían los Urdangarin quedan reservadas al personal sanitario que atiende a Irene de Grecia, mientras la Reina Sofía atraviesa uno de los momentos más tristes de su vida.

La Infanta Cristina, Juan Urdangarin, la Reina Doña Sofía, la Infanta Elena y Miguel Urdangarin salen de la Catedral de la Anunciación de Santa María-

La Infanta Cristina, Juan Urdangarin, la Reina Doña Sofía, la Infanta Elena y Miguel Urdangarin salen de la Catedral de la Anunciación de Santa María-Europa Press

David Lozano
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Desde hace semanas, los movimientos en el ala norte del complejo son inusualmente discretos. Allí, donde hasta hace poco se escuchaban los sonidos de convivencia de los nietos de la Reina Sofía, ya no queda rastro de ellos. Por orden directa del Rey Felipe VI, las habitaciones que ocupaban la Infanta Cristina y algunos de sus hijos han sido desalojadas.

El monarca, firme pero sereno, ha recordado a los suyos que Zarzuela no es un hotel. La medida, cuentan fuentes próximas al entorno real, responde a “motivos de seguridad” y a la necesidad de liberar espacio para el equipo médico que atiende a la princesa Irene de Grecia, cuya salud se ha visto seriamente deteriorada en los últimos meses. Las dependencias donde dormían los Urdangarin se han reconvertido en un pequeño hospital doméstico.

La decisión ha sorprendido a muchos dentro del círculo familiar. La Infanta Cristina, tal y como ha publicado ESdiario, que había intensificado sus visitas a su madre ante el evidente decaimiento de la Reina Sofía, se quedaba con frecuencia a dormir en palacio acompañada de alguno de sus hijos —especialmente Miguel, que pasaba largas temporadas junto a su abuela—. A veces también lo hacían Irene o Juan, aunque este último regresó a Londres hace unas semanas. Ninguno de ellos podrá ya pernoctar en Zarzuela.

La instrucción de Felipe VI no prohíbe las visitas, pero sí marca un límite claro. Cristina y los suyos han tenido que instalarse en un hotel cercano, desde donde acuden cada día a acompañar a la reina emérita. Fuentes próximas aseguran que la medida se ha comunicado “con toda la cordialidad”, pero también con el mensaje de que la seguridad del recinto y la organización interna “no pueden estar a merced de la improvisación familiar”.

Mientras tanto, Doña Sofía atraviesa uno de los momentos más frágiles de su vida. La tristeza se ha convertido en una compañera silenciosa desde hace meses, acentuada por el deterioro de la salud de su hermana Irene y por el vacío que dejó la muerte de su hermano Constantino de Grecia, en enero de 2023. Dicen en palacio que pasa largas horas recluida en su habitación, en un silencio apenas roto por los pasos discretos de su servicio más fiel.

La Infanta Cristina, consciente de ello, ha hecho de sus visitas un acto casi ritual. Cada tarde aparece con flores, alguna foto antigua o la sonrisa de sus hijos, intentando arrancar un gesto de alegría a su madre. Sin embargo, el ambiente en Zarzuela es otro: el palacio se ha transformado en un espacio casi clínico, donde los recuerdos se mezclan con el olor a desinfectante y las conversaciones son susurros.

Felipe VI, que conoce mejor que nadie el valor del equilibrio entre el deber y el afecto, ha optado por mantener ese orden institucional que tanto ha costado recuperar. Y aunque la medida pueda parecer fría, muchos la interpretan como una forma de proteger a su madre y a su tía, asegurando que el entorno sea estrictamente controlado y tranquilo.

Fuera de las paredes del palacio, la Infanta Cristina sigue adelante con las reformas de su vivienda en Barcelona, a la espera de regresar a la ciudad que fue su hogar junto a Iñaki Urdangarin. Pero ese regreso definitivo no se producirá —dicen quienes la conocen— mientras su padre, el Rey Juan Carlos, siga con vida.

En La Zarzuela, en cambio, el aire se ha vuelto más pesado. La Reina Emérita, siempre elegante incluso en su tristeza, guarda su pena en silencio. Su entorno más cercano intenta mantenerla ocupada, pero su mirada delata que algo se ha roto. Y tal vez por eso, cuando cae la noche y el eco de los pasillos vacíos resuena entre los muros del palacio, cuesta no pensar que la verdadera mudanza no ha sido la de los Urdangarin, sino la del tiempo.

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