¿Los penúltimos días?

Vista de una gasolinera Lukoil en la calle Kalanchevskaya.
Hace ya meses que escribí aquí sobre el momento en que Rusia dejó de poder permitirse la guerra de Ucrania. Los datos de quiebras empresariales, de préstanos en impago, de mantenimiento ferroviario (peores que los de Puente), y de agotamiento del presupuesto en menos de la mitad de un año ya eran evidentes. La necesidad del Estado ruso de financiarse de modos creativos, emitiendo deuda en yuanes, ya iba marcando el camino. Para entonces, la capacidad de exportación de combustible refinado ya había caído más de un 20%, perjudicando la financiación de la guerra pese a las compras de gas licuado de países como España, y la UE acababa de poner en marcha la actual ronda de sanciones para reducirlo aún más.
Desde entonces a aquí han cambiado varias cosas. La campaña de bombardeo selectivo ucraniano ha agudizado la falta de capacidades rusas, y ahora ya no hablamos de disminución de exportaciones de combustible, sino de su prohibición por Putin para intentar cubrir la parte de la demanda interna que se ha quedado sin suministro, estimada en un 30%.
Esto significa que, a punto de empezar la temporada agrícola, Rusia no puede cubrir el gasoil que necesitan sus tractores. No puede garantizar el abastecimiento de sus propios vehículos militares (no sólo por falta de combustible sino por la campaña sostenida contra la logística que lo lleva al frente). Significa colas de kilómetros para acceder a gasolina racionada.
Pero, sobre todo, significa que Ucrania ha conseguido por fin lo que empezó a conseguir en San Petersburgo durante la última feria propagandística de Putin, cuando hizo arder la refinería a la vista de los delegados de todo el mundo. Y lo que siguió haciendo cuando hizo estallar la principal refinería del área de Moscú (con la ayuda de los defensores). Ucrania ha trasladado a la población de toda la Federación Rusa lo que Putin ocultaba: que están en guerra, y no van ganando.
El Banco Central ruso ha abordado ya una campaña de "relajación monetaria", o lo que es lo mismo, está obligando a los bancos rusos a comprar masivamente deuda del Estado para entregar ese dinero a Putin. Está imprimiendo dinero a toda máquina, porque no puede colocar deuda a nadie fuera de sus fronteras y tampoco dentro de ellas (salvo a los que no tienen más remedio). Putin ha anunciado que considera congelar y embargar los ahorros de extranjeros en bancos rusos (una buena forma de agradecer el apoyo a los que creyeron su propaganda). Hace ya semanas que los rusos están retirando efectivo del sistema bancario en volúmenes muy superiores a los normales, algo que puede (o no) tener que ver con la subida radical de las compras de oro en el mercado mundial, pero que señala muy poca confianza en el sistema.
Y más allá de los números, la cantidad de rusos que se cuestionan lo que está pasando ha dejado de ser testimonial. Tanto entre los canales de Telegrama habitados por los nacionalistas radicales y los militares, como en los mensajes en redes de ciudadanos y celebrities asombrados por la escasez. Se sabe que el ambiente en primera línea se está degradando deprisa, con niveles de deserción y de negativa a lanzarse al ataque suicida que podrían empezar a tener consecuencias.
Rusia sigue siendo enorme, y España (entre otros) sigue comprándole gas. El petróleo de Putin viaja a India, desde donde vuelve refinado (aunque en cantidades insuficientes). El control del régimen sobre la sociedad es mucho más serio de lo que nos gustaría, como probablemente se vea en las próximas elecciones legislativas de septiembre.
Pero el dique se ha roto. La resistencia financiera rusa se ha roto: ya están imprimiendo rublos. Su resistencia exportadora está rota: importan combustible, y ni siquiera el necesario. La inmunidad de la población de las grandes ciudades a la guerra se ha roto: llevan semanas viendo arder instalaciones. Los cimientos de la ofensiva de Putin se tambalean.
En el frente, la misma campaña de drones y misiles están dejando a las líneas del frente rusas desabastecidas (lo que no ha detenido el avance principal, aunque sea a paso de tortuga). Crimea, en concreto, se ha convertido en prácticamente indefendible por falta de suministros, y los rusos están huyendo de lo que demasiados esperaban que fuera un verano más en uno de sus principales lugares de vacaciones. El temor a una ofensiva anfibia ucraniana está subiendo cada hora.
Es importante señalar que Rusia está reaccionando a la campaña de drones ucraniana, y aumentando sus propias capacidades. La capacidad militar rusa no se ha roto, simplemente Ucrania ha acumulado una ventaja seria en el ataque a distancia. Una ventaja que se puede reducir o perder. Y no hay garantía de que las fuerzas terrestres puedan aprovechar la ventana de oportunidad que parece que se está creando. A diferencia de lo que pasó en Jersón, los rusos no parecen dispuestos a salir corriendo de Crimea antes de verse rodeados. Quizá porque saben cómo reaccionaría el dictador.
Rusia ha cerrado las fronteras con los países nórdicos y bálticos, y solicitado a los centroasiáticos que lo hagan en septiembre. Parece evidente que se prepara una movilización masiva, quizá obligatoria, como muy tarde para después de las elecciones.
Pero, aunque Rusia se refuerce, no todo es carne en el campo de batalla. Y su capacidad de absorber el daño causado por su guerra de conquista sin consecuencias ya está definitiva y claramente rota. Lo que queda por saber es si sus dirigentes y su población prefieren seguir siendo triturados en una guerra muy incierta, o plantar cara al dictador.