La exjefa de gabinete de Íñigo Errejón rompe el guion de la izquierda y defiende a Vito Quiles en la polémica con Sarah Santaolalla
Marta Sanchíz sostiene que se puede condenar el acoso a Sarah Santaolalla sin avalar que en los vídeos exista una agresión: “No me hace menos roja ni menos feminista”

Archivo - Imagen de archivo del exportavoz de Sumar en el Congreso Iñigo Errejón a su salida de los juzgados de Plaza de Castilla, a 16 de enero de 2025.
En plena tormenta política y mediática por el choque entre Vito Quiles y Sarah Santaolalla, ha emergido una voz inesperada que ha agitado todavía más el debate. Marta Sanchíz, exjefa de gabinete de Íñigo Errejón, ha decidido pronunciarse públicamente y lo ha hecho con un mensaje que dinamita el discurso más cerrado de una parte de la izquierda.
Lejos de sumarse a la consigna automática, Sanchíz ha optado por una posición que, por infrecuente, ha causado un notable revuelo en redes: defender sin matices el derecho de Santaolalla a no ser acosada, perseguida ni hostigada, pero negar al mismo tiempo que las imágenes difundidas muestren una agresión.

Instahistorie de la exjefa de gabinete de Íñigo Errejón
Una defensa incómoda para los suyos
Ese doble planteamiento, que en otros contextos podría parecer elemental, se ha convertido en dinamita política. Y más aún por venir de una figura ligada al entorno de Errejón, un espacio donde estas cuestiones suelen leerse en clave de bloque y fidelidad ideológica.
En la historia de Instagram publicada por Sanchíz, el mensaje no deja demasiado espacio a la interpretación: defiende el derecho de Sarah Santaolalla a no sufrir acoso ni hostigamiento, pero añade con la misma claridad que en los vídeos no aprecia agresión alguna. Y remata dejando claro que ambas posiciones son, a su juicio, perfectamente compatibles.
La carga política de sus palabras no reside solo en el fondo, sino en el desafío implícito al clima dominante: el de quienes consideran que discrepar del relato más rotundo equivale a desmarcarse de una causa.
“No soy ciega ni cerril”
La frase más comentada del mensaje es, seguramente, la que resume el sentido de toda su intervención. Sanchíz sostiene que mantener esa postura “no me hace menos roja ni menos feminista” y añade una apostilla con destinatarios evidentes: “Lo que no soy es ciega ni cerril”.
Con esa formulación, la exjefa de gabinete no solo fija posición sobre el caso, sino que lanza una crítica más amplia a cierta manera de hacer política desde la trinchera moral. Su tesis es clara: una cosa es la defensa de principios y otra, muy distinta, forzar los hechos para que encajen en un relato previo.
Se trata de una enmienda incómoda para quienes han querido presentar el episodio con una lectura cerrada y sin matices. Porque Sanchíz no discute la necesidad de proteger a una mujer frente al acoso; lo que cuestiona es que se deba afirmar una agresión si, según sostiene, las imágenes no la muestran.
Verdad frente a militancia
El mensaje va todavía más allá al introducir una reflexión de fondo sobre los costes políticos de sacrificar la verdad por conveniencia ideológica. En la parte final de su publicación, Sanchíz advierte de que “cuánto más sacrifiquemos la verdad por defender ciertas causas, menos recorrido tendrán nuestras...”, en una frase que apunta directamente al desgaste de credibilidad de determinados discursos.
No es una observación menor. En un contexto político donde las etiquetas y los alineamientos pesan cada vez más, la advertencia tiene un alcance que desborda el caso concreto. Viene a decir que ninguna causa, por legítima que sea, sale fortalecida cuando necesita deformar la realidad para sostenerse.
Y eso es precisamente lo que convierte su intervención en un problema para algunos sectores de la izquierda: no es una crítica formulada desde fuera, sino desde dentro de un espacio ideológico que acostumbra a cerrar filas mucho antes de admitir dudas.
Un mensaje que rompe el cierre de filas
La aparición de Marta Sanchíz en esta polémica introduce un elemento disruptivo. No porque defienda a Vito Quiles de forma militante, sino porque rechaza que el análisis de los hechos quede secuestrado por la obediencia de bloque.
Su mensaje viene a romper con esa lógica según la cual solo hay dos posiciones posibles: o se compra entero un relato o se pasa automáticamente al campo enemigo. Frente a ese esquema binario, Sanchíz reivindica algo hoy casi subversivo en política: la posibilidad de mirar unas imágenes, sacar una conclusión propia y expresarla sin pedir permiso al rebaño.
La izquierda ante su propio espejo
La consecuencia de todo ello es evidente. La polémica entre Quiles y Santaolalla ya no solo enfrenta a dos figuras públicas en el barro de las redes y el foco mediático. Ahora también obliga a una parte de la izquierda a mirarse en el espejo de sus propias contradicciones.
Porque cuando una exjefa de gabinete de Errejón sale a decir que defender a Sarah Santaolalla no exige afirmar una agresión que ella no ve en los vídeos, lo que está poniendo sobre la mesa no es solo una discrepancia puntual. Está señalando un vicio político más profundo: el de anteponer la consigna a la evidencia.
Y ahí es donde su mensaje duele especialmente. No en la derecha, donde habría sido celebrado sin sorpresa, sino entre quienes preferirían que ciertas voces siguieran calladas para no desordenar el relato.
El precio de salirse del carril
Con su publicación, Marta Sanchíz ha decidido asumir ese coste. Salirse del carril marcado, cuestionar la lectura oficialista y recordar que la verdad no debería depender del color político del protagonista.
En tiempos de histeria partidista, no es poca cosa. Y quizá por eso su mensaje ha resonado tanto: porque toca una fibra muy sensible de la política actual. La de quienes creen que una causa justa se defiende mejor ocultando matices. Sanchíz, al menos esta vez, ha dicho exactamente lo contrario.