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No nos matan por ser fascistas, nos llaman fascistas para matarnos

Donald Trump y Charlie Kirk durante un mitin en Phoenix, Arizona.

Donald Trump y Charlie Kirk durante un mitin en Phoenix, Arizona.Brian Cahn

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El movimiento Black Lives Matter (BLM) surgió en Estados Unidos en el año 2013 a raíz de la absolución de George Zimmerman, por entender el jurado, en base a la declaración de los testigos, que el disparo con el que acabó con la vida de un joven afroamericano había sido realizado en defensa propia. Como consecuencia de dicha sentencia, tres activistas negras, concretamente Alicia Garza, Patrisse Cullors y Opal Tometti, subieron a las redes sociales el hashtag “BLM”, convirtiéndose el lema inicialmente en una campaña digital y finalmente en un movimiento social contra la violencia racial. 

Si bien el movimiento tuvo desde el comienzo una cierta influencia en la sociedad norteamericana, fue a partir del año 2020 cuando su impronta en la opinión pública alcanzó una magnitud hasta entonces inimaginable, debido a la muerte en Minneapolis del delincuente afroamericano George Floyd, como consecuencia del uso desproporcionado de la fuerza por parte del agente de policía que le detuvo tras la comisión de un delito. 

A pesar de que las autoridades actuaron con celeridad procediendo a la inmediata investigación de los hechos, los días posteriores al luctuoso suceso se produjeron manifestaciones multitudinarias en numerosas ciudades estadounidenses, la mayoría de las cuales acabaron en violentos disturbios y actos vandálicos, que incluyeron la destrucción del mobiliario urbano, la quema de vehículos estacionados y el robo a gran escala en los distintos centros comerciales que las hordas manifestantes iban encontrando a su paso. 

Finalmente el conjunto de acontecimientos se saldó con la condena del agente de policía a 22,5 años por asesinato y 21 años más por violación de los derechos civiles del detenido, demostrándose con ello que la Justicia estadounidense actúo rigiéndose estrictamente por la naturaleza de los hechos acaecidos y con independencia del color de la piel del acusado y la víctima.

Paralelamente, la izquierda woke acogió en su seno, con alborozo mal disimulado, al movimiento racial ya desde su nacimiento, convirtiéndolo en parte de su cruzada ideológica con connotaciones totalitarias. Así, nada más producirse el asesinato del afroamericano todo el entramado ideológico woke inició una más de sus habituales campañas de demonización del hombre blanco heterosexual, acusándole de ser el gran culpable de todos los males que aquejan a las democracias liberales. 

Sin embargo los datos, que reflejan fríamente la realidad sin atenerse a ningún tipo de ideología, demuestran que el 85% de los asesinatos de afroamericanos son cometidos por otros afroamericanos, tratándose por ello en su mayor parte de casos de violencia intraracial y no de una persecución sistemática de los negros por parte de los blancos, desmontándose así, de un plumazo, todo el argumentario empleado por la izquierda woke orientado a fracturar a la sociedad y promover el enfrentamiento social con la exclusiva finalidad de obtener rédito electoral.

Como contrapunto a todo lo expuesto el 22 de agosto de 2025 una joven refugiada ucraniana, de nombre Irina Zarutska, tras finalizar su jornada laboral en una pizzería, tomó la Blue Line del tren que llevaba al centro de la ciudad estadounidense de Charlotte, buscó asiento y se puso tranquilamente a ver el móvil. Fue entonces cuando un afroamericano -procesado hasta en 14 ocasiones por delitos tales como allanamiento de morada y atraco a mano armada entre otras lindezas- sacó un cuchillo de grandes dimensiones y apuñaló a la muchacha por la espalda en repetidas ocasiones, no parando hasta provocarle la muerte. 

Así, sin motivo alguno y tan solo impulsado por el odio irracional hacia una mujer blanca que nada le había hecho, este desecho humano acabó con la vida de una persona que se había visto obligada a huir de un país, el suyo, envuelto en una guerra sobrecogedora, con la esperanza de trabajar y labrarse un futuro alejado del funesto sonido de las sirenas y las bombas. 

Siendo el hecho de una gravedad extrema la noticia no abrió ningún telediario ni ocupó las portadas de los periódicos ni fue trending topic en las redes sociales. Obviamente, tampoco dio lugar a ningún tipo de movimiento civil que defendiera la importancia de la vida de las mujeres blancas, llegando la situación al punto que ni tan siquiera las feministas LGTBIQ+ criticaron desde sus siniestros púlpitos el asesinato a sangre fría de una mujer en la flor de la vida, debido fundamentalmente a que el brutal asesino formaba parte de una de las tribus identitarias de la izquierda woke

En consecuencia, la izquierda debió pensar que el silencio, por ominoso que pudiera resultar, era la mejor de las estrategias para continuar deslegitimando convenientemente a esa derecha conservadora que no cesa de defender, con un éxito cada vez mayor, la preservación de los valores, costumbres e instituciones que han llevado a las sociedades occidentales a alcanzar las más altas cotas de libertad y prosperidad de la historia de la humanidad.

Por su parte, el despiadado asesinato en Estados Unidos de un joven activista conservador, llamado Charlie Kirk, ha mostrado con nitidez el alto grado de sectarismo al que puede llegar la izquierda. Haciendo un poco de historia podemos decir que Charlie Kirk nació en el seno de una familia conservadora de Illinois y ya desde joven se interesó por la política, hasta el punto de que con tan solo 18 años fundó Turning Point USA, una organización cuyo objetivo era la difusión de los principios en los que se fundamenta la cultura occidental, los cuales se resumen en cuatro mágicas palabras: “Dios, patria, familia y libertad”. 

Firme defensor de Donald Trump, en 2020 publicó un libro titulado “The MAGA Doctrine”, en el que defiende de forma argumentalmente prolija y consistente la necesidad de dejar atrás el pensamiento woke, la ideología de género y el multiculturalismo, para así situar a la nación estadounidense en la senda de la recuperación del conjunto de valores que la hicieron grande. 

A su vez, su activismo en redes sociales le llevó a tener millones de seguidores, por lo que en poco tiempo se convirtió en uno de los principales enemigos de la izquierda woke estadounidense, la cual no solo se dedicó a tergiversar sus palabras, sino que también, impulsada por su mezquina intolerancia, profirió contra él en sus chats todo tipo de insultos y amenazas. 

En cualquier caso, haciendo caso omiso de ofensas interesadas cabe afirmar que Ch. Kirk era una persona intelectualmente interesada en el debate y la confrontación de ideas, razón por la cual dedicó buena parte de su tiempo a dar conferencias en las principales universidades estadounidenses, animando a exponer su punto de vista no solo a los que compartían sus opiniones, sino también a aquellos que se mostraban contrarios a sus planteamientos ideológicos, de tal forma que el lema que solía presidir sus conferencias era “Ven y demuéstrame que estoy equivocado”

Desgraciadamente fue en el curso de una de estas conferencias, concretamente en la Universidad del Valle de Utah, cuando un joven izquierdista absolutamente radicalizado le metió una bala en el cuello, acabando así con su vida. De esta forma, Ch. Kirk fue vil y cobardemente asesinado simple y llanamente por defender la libertad de expresión y el valor de la palabra como antídoto de la violencia. 

Tras su muerte miles de activistas de izquierdas, mostrando con inusitada claridad la dolencia del alma que padecen, inundaron las redes sociales con groseras descalificaciones dirigidas a Ch. Kirk, en un obsceno e inmoral intento de desacreditar al personaje y justificar su asesinato. 

En consecuencia, lo acontecido tras la muerte de Ch. Kirk verifica sobradamente el retrato que Santiago Abascal ha hecho de la izquierda al señalar, en el encuentro “Europa Viva 25”, que “No nos matan por ser fascistas, nos llaman fascistas para matarnos”. Desde esta acertada perspectiva, cabe concluir que la izquierda woke, ante su creciente fracaso, ha decido jugarse el todo por el todo al pasar directamente de la “cultura de la cancelación” a la “cultura de la aniquilación”, exteriorizando así un odio enfermizamente fanático hacia todo aquel que disiente de sus enloquecidos y dogmáticos postulados.

Sin embargo, por más empeño que pongan sus enemigos, el impresionante legado de Ch. Kirk -como se han encargado de señalar los principales líderes políticos de la nueva derecha y, sobre todo, su esposa durante su conmovedor discurso de despedida- no solo perdurará a lo largo del tiempo, sino que su influencia irá in crescendo, hasta convertirse por derecho propio en uno de los principales faros que habrán de iluminar los pasos de las futuras generaciones en su intento de librar a la civilización occidental de la decadencia en la que la izquierda pretende sumirla.

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