Conocimiento, aborregamiento y maldad

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Buena parte de los jóvenes, por desgracia, no solo carecen de los conocimientos básicos de saberes tradicionales, sino que tampoco están demasiado interesados en adquirirlos. Filosofía, historia o matemáticas quedan relegadas a un segundo plano, cuando no directamente ignoradas. De las cuestiones socioeconómicas o políticas, mejor ni hablar: “paso de la política”, repiten con una ligereza casi militante.
Mientras tanto, afrontan las tareas del colegio, la universidad o sus primeros trabajos refugiándose en herramientas como ChatGPT y, en cuestión de segundos, problema resuelto… o eso creen.
Les han enseñado a mover el dedo índice en vertical por la pantalla de su teléfono, buscando información, la mayoría superficial, sin contrastar, sin investigar, y apenas ejercitan la memoria. Con el facilismo se está perdiendo la capacidad de pensamiento, la reflexión y el espíritu crítico, que solo sirve cuando es afilado.
Hay excepciones, por supuesto, quede claro también, pero es una inmensa minoría. La marginación de las humanidades (filosofía, historia, geografía, lenguaje, literatura…) en los sistemas educativos es un desastre aún por cuantificar. Estas materias son fundamentales para lograr una mejor estructura mental en la vida adulta.
Aborregamiento
Uno, que ya peina algunas canas, no cree que la precarización de la enseñanza —tanto pública como privada, pues la base de los planes de estudio es la misma— sea una decisión casual o inocente de los dirigentes políticos. La política deja poco margen a la improvisación. Más bien, parece una maniobra de deconstrucción social premeditada, orientada hacia un objetivo claro: el aborregamiento de la sociedad.
Las humanidades son esenciales para darle herramientas a ciudadanos críticos. Si les quitamos esas herramientas tendremos jóvenes moldeables, incapaces de interpelar a los demás, ni siquiera a sí mismos, y menos a una casta política tendente a acaparar cada vez más poder.
Sin caer en exageraciones, es evidente que no hace falta saber latín clásico para desenvolverse en el mundo digital actual. Sin embargo, estoy convencido de que un adolescente que estudiara con rigor los textos de Platón, Aristóteles u Homero afrontaría la vida y sus inevitables dificultades con mayor solvencia. Si, además, esos mismos jóvenes asimilaran el canon clásico de belleza a través del arte y la música, los futuros líderes de la sociedad desarrollarían una sensibilidad particular que nos ahorraría no pocas dosis de ramplonería, mal gusto y violencia. Y, probablemente, serían menos proclives a dejarse engatusar por políticos inmorales y oportunistas.
Con la historia ocurre algo aún más preocupante. Al descenso de horas dedicadas a su estudio en colegios y universidades se suma su utilización sectaria y parcial en la interpretación de los hechos. El conocimiento de nuestro pasado debe servir para orientar la toma de decisiones acertadas en el presente y constituye una pieza clave para proyectar nuestra visión de futuro.
La historia es la huella de nuestro ADN: no basta con conocer los hechos; su correcta interpretación resulta esencial para nuestra vida.
Odiosas comparaciones
Como las comparaciones son odiosas, uno entiende que nuestros políticos quieran aborregarnos y precarizar la enseñanza. ¿Cómo van a querer que conozcamos la historia? Si comparamos a una mujer empoderada de verdad como fue Isabel La Católica con María Jesús Montero el ‘comparómetro’ explotaría, se volvería loquísimo, saltaría en mil pedazos. Asumiendo como cierto que la flamante candidata de ‘la PSOE’ a la Junta de Andalucía es “la mujer más poderosa e importante de la democracia española”, como ella misma se ha arrojado en estos días, lo que realmente deja en muy mal lugar es el nivel de nuestra democracia.
Con todo el respeto a los que se ganan la vida en los mercadillos ambulantes, Montero me cuadra más dando tres gritos en El Rastro, que en un Consejo de Ministros. Así de triste es la cosa.
Por legado, trascendencia o el calado de sus decisiones, si ponemos en una balanza al emperador Carlos I con Pedro Sánchez; o al Conde Duque de Olivares, al Duque de Lerma o a Godoy con Bolaños/Albares/Urtasun o cualquier ministro… Me da un ataque de risa o un ataque al corazón. De llorar.
La historia que están escribiendo nuestros líderes actuales es, realmente, para echar a correr. No hay por donde cogerla. Cuanto uno más conoce lo que ha habido, más le duele lo que hay. Por eso nos intentan ocultar la historia. Para que no dimensionemos la política de chancleta de hoy, la mediocridad actual, plagada de ‘chuloplayas’ de sauna que apenas saben juntar una vocal con una consonante.
A nuestros jóvenes, en su mayoría, se les ha privado de alcanzar este estadio de conocimiento; y, repito, no de manera casual. Quien no tenga la inquietud de investigar por su cuenta está condenado a desconocer las disciplinas que levantaron nuestra civilización y la llevaron a lo más alto.
Presentismo
Con este caldo de cultivo, impuesto por los infames planes de estudio, nuestros jóvenes no saben ni les interesa saber lo que ha pasado en su país en los últimos 20 años, mucho menos en siglos anteriores. Sólo importa el hoy, el ahora, la inmediatez. La ignorancia feliz.
Por poner más ejemplos, sorprende que muchos nuevos idiotas del siglo XXI, incapaces de llegar a casa sin Google Maps, sean quienes critican a Cristóbal Colón o a Hernán Cortés. Estos, a bordo de carabelas de madera y bergantines con las velas maltrechas, sin GPS, radares ni cartas de navegación precisas, desafiaron océanos y mares, padecieron hambre y sortearon enfermedades hasta culminar la construcción de una civilización basada en consensos, en la educación y también, por supuesto, en la espada. Así se actuaba en aquella época.
Así se escribe la historia: exaltando el logro y llevando a cabo lo que parecía imposible. De ese modo debería recordarse: admirando la gesta y manteniéndonos alejados del presentismo. Esa supuesta superioridad moral del revisionismo actual resulta tan pobre, tan inconsistente, que termina descalificando intelectualmente a quien juzga el pasado con los ojos del presente. No deja de ser, en el fondo, una cortina de humo: polémicas trasnochadas para encubrir sus propias mediocridades.
A los jóvenes: pensad en el porqué de las cosas, reflexionad sobre el poder y sobre los hilos que lo mueven. Preguntaos por qué la agenda pública se reviste de supuestos dogmas de un nuevo rupturismo social —en forma de colectivismo, de minorías cargadas de resentimiento, de ecologismo subvencionado o de la constante confrontación entre unos y otros—. ¿De verdad creéis que todo surge de manera espontánea, o que no hay intereses detrás avivando ese fuego?
La clave está en ‘detenerse, pensar y cuestionarse’. Tres verbos que no pueden caer en desuso en un mundo de vértigo. Tres verbos que marcan la diferencia y os evitarán caer en la miseria del rebaño.
Imparable Oriente
Eliminar la cultura del esfuerzo, el conocimiento de la historia, el pensamiento crítico y los valores identitarios de cada comunidad constituye, probablemente, uno de los mayores errores de visión que está cometiendo Occidente. Mientras tanto, en Oriente —especialmente en países como China o India—, se creen su propio relato, trabajan con disciplina y avanzan en silencio. Nosotros, en cambio, parecemos adormecidos en un sueño del que nadie se quiere despertar.
El problema del mercado laboral no se resuelve reduciendo jornadas de trabajo, ni el desempleo se combate con subsidios a cambio de un puñado de votos. Vivimos ajenos a lo que ocurre y, cuando queramos reaccionar, puede que ya sea demasiado tarde. Y si aun así logramos salir adelante, quizá haya que concluir que, efectivamente, el ser humano es difícil de doblegar.