Golferías Ábalos-Koldo S.A.

Koldo y Ábalos
Hay algo profundamente revelador en el hecho de que los españoles hayamos normalizado asistir, casi con desgana, al desfile de su clase dirigente por el banquillo de los acusados. Nos acostumbramos a ver este tipo de noticias como quien consulta el pronóstico del tiempo. Este martes un nuevo episodio.
Da comienzo el juicio a Koldo y Ábalos, y la reacción general no es de escándalo sino de tedio. ¡Ufff!, Otro más. Otra pieza para la colección de escándalos que quedarán en el baúl de los recuerdos frente al que está próximo en explotar, que seguro será más impactante que el anterior. Otra muesca en el revólver oxidado de la charca politiquera de tres al cuarto. A la pregunta de si vivimos o no en una cleptocracia, en las últimas líneas de esta columna que cada cual saque sus propias conclusiones.
Lo verdaderamente inquietante no es este caso en sí —que lo es— sino la anestesia moral que lo rodea. Ya nada nos genera estupor, ni rubor, ni siquiera ponemos cara de sorpresa ante los atropellos de quienes nos gobiernan. Los políticos españoles se han quitado la careta a partir del sanchismo. Todo vale, han dejado de aceptar responsabilidades.
Todo es una huida hacia adelante sin pretender ni una mínima pretensión de ejemplaridad. Y cuando la clase dirigente deja de fingir que busca la virtud de sus políticas, es que ha renunciado definitivamente a ellas.
Durante años, la izquierda española, asimilada casi en su totalidad por la PSOE, se presentaba como la defensora ética de la democracia. Una suerte de superioridad moral de manual (de mercadillo, pero de manual a fin de cuentas), un certificado de decencia progresista que permitía mirar por encima del hombro al adversario político. Quería ser el partido de la justicia social, de la moral, del compromiso con los más vulnerables. Echando un vistazo atrás, nunca lo fueron.
Hoy, además, se sientan en el banquillo acusados de ladrones y puteros con la misma naturalidad con la que antes repartían carnets de moral correcta.
Y no es un accidente. Ni es un caso puntual. El ‘caso mascarillas’ no es solo un episodio judicial: es el reflejo de su propia radiografía moral. La corrupción más indigna, la que se propició de la desgracia humana mientras morían miles de españoles por el Covid-19. Nos estaban robando en el momento en el que esos mismos políticos nos pedían un esfuerzo, y nos daban el beneficio de salir a los balcones para aplaudir como focas.
Este caso de Ábalos-Koldo es algo más. Es una instantánea nítida de cómo el poder, cuando se ejerce sin control y sin escrúpulos, degenera inevitablemente en chanchullos, intermediaciones turbias, en ese aroma rancio de pasillo ministerial donde todo se subasta al mejor postor sin dar explicaciones… y llevaban meses en el gobierno. Tenían claro a lo que venían.
Lo fascinante —si es que algo de esto puede resultar fascinante— es la reacción del entorno político. Ahí tampoco parece sorprenderse nadie, ni mucho menos escandalizarse. Ahí están los whatsapps de apoyo de los ministros a Ábalos el mismo día que saltó el escándalo. Como una camarilla mafiosa que se solidarizan unos con otros.
Y a partir de ese momento se activaron los protocolos de siempre: negación de la noticia, minimización de los hechos, diluir responsabilidades con el paso del tiempo, y si es necesario, sacrificar al peón que le pillaron con las manos en la masa. Todo muy mecánico, muy predecible. Como si la corrupción fuera ya un trámite administrativo más.
Y mientras tanto, la izquierda —esa misma que durante décadas quiso que la moral fuera su principal bandera— observa el espectáculo con un cinismo bochornoso. Cinismo porque siguen creyendo que el relato puede salvarles. Que basta con señalar al adversario con el famoso “y tú más” para diluir su propia miseria. Como si la corrupción fuera aceptable siempre que el otro también sea corrupto. Como si la ética fuera relativa. Como si todo, en el fondo, fuera un simple juego de equilibrios. Pero no lo es. El que la hace que la pague, ya sea en las ‘kitchens’ o con las mascarillas.
La corrupción no es solo un delito: es una forma de desprecio al ciudadano. Es la constatación de que quienes deben servir al interés general lo utilizan para su propio beneficio.
Es, en definitiva, una traición. Y lo más grave es que esta traición se ha vuelto cotidiana. Previsible, aburrida. La mayoría de españoles ha pasado de escandalizarse a resignarse. De exigir responsabilidades a encogerse de hombros. Es nuestra mayor derrota como colectivo.
El juicio que ya comienza no es solo contra Koldo García y José Luis Ábalos. Es, en cierto modo, un juicio a toda una forma de entender el poder. A una cultura política que ha sustituido la ética por la demagogia del relato. Y en este juicio, me temo, no hay demasiados inocentes. El principal responsable, el presidente Sánchez, que pondrá cara de sueco despistado y dirá que él no tenía ni idea de lo que se juzga. Otra más.
La pregunta ya no es lo qué ha pasado. La pregunta es por qué seguimos tolerándolo. Quizá porque, en el fondo, nos hemos acostumbrado a la mediocridad. A la cutrería. A esa sensación permanente de que nada funciona del todo bien, pero tampoco lo suficientemente mal como para hacer saltar todo por los aires.
La política vive instalada en una especie de barro moral donde todo nos resbala.
Donde nada ni nadie cae del todo, pero tampoco se mantiene limpio de sospechas ni acusaciones de corrupción. Antes la mera sospecha ya era un escándalo. Ahora ya son pocos los que se creen lo que nos dicen. ¿Cómo vamos a creerles si no hacen sino pisotear la hemeroteca de un día para otro?
El camino de la política hoy en día es inmoral, alejado completamente de sus orígenes: buscar el bien de la mayoría. Es inmoral que gobiernos de países del primer mundo sólo piensen en como meter la mano al bolsillo de los contribuyentes. Un apetito fiscal que ya quita mucho más de la mitad de lo que ganan a los ciudadanos.
Un robo legitimado que llama a más corrupción: más recaudas, más tienes para repartir en dádivas para los colegas.
Los políticos sin nuestros impuestos no son nada. En realidad, lo que hacen con lo que nos quitan es engordar de manera innecesaria el tamaño del Estado para que la casta coloque a sus amigos, pagar favores y establecer métodos electrónicos de control social más sofisticados.
Y ahí entran en juego los ‘Koldos’, ‘Ábalos’ y compañía. Sobre todo la compañía de ‘pago por catálogo’ a costa del presupuesto público. Al final, la conclusión, una vez más, es que los ciudadanos somos una especie de parias modernos en manos de la casta. Aceptamos el desfalco y los abusos al pueblo sin hacer nada por impedirlo. Solo nos quieren para pagar y callar. Y ya está bien.
Los humanos somos animales de jerarquía, y es muy fácil obtener una posición alta usando el miedo y el control social, que es adónde nos han llevado. Y si no, piensen que hicieron con nosotros durante la pandemia, origen de los desmanes económicos que se juzgan a partir de este martes en el Tribunal Supremo. Y en nuestras sociedades occidentales, este ejercicio de amansamiento lo están haciendo poco a poco, casi sin que nos demos cuenta del punto de ebullición en el que nos encontramos. Somos el plato preferido de nuestros políticos.
Nos comen con inmensos bocados a nuestros bolsillos. Mientras ellos, con nuestro dinero, llevan un estilo de vida completamente distinto al que predican y exigen al resto.
Si china, desde 1992, evolucionó hacia menos comunismo en lo económico con más libertad de comercio, pero con el mismo férreo control social y policial; Occidente se dirige a un mismo sitio, pero desde ópticas opuestas: menos democracia, menos libertad comercial y más control por parte del Estado. Ya ni podemos hacer un bizum sin que el Gobierno sepa en qué nos gastamos 50 euros. Es la versión del 1984 de Orwell adaptada al mundo de parias contemporáneos.
¿Algún día el rebaño que somos todos abriremos los ojos y nos daremos cuenta de la clase dirigente que nos gobierna? El juicio de Koldo y Ábalos debería ser una oportunidad extraordinaria para que eso pasara. Previsiblemente, ya les digo que no tengo muchas esperanzas. Como mucho servirá para que un par de golfos estén unos años entre rejas y poco más.
Lamentablemente, apuesto a que no pasará nada, el sistema seguirá corrompido desde dentro.
Finalizo con la cuestión que introduje al principio: ¿Vivimos en España en una cleptocracia? Empecemos definiendo el término. Según la RAE:
“sistema de gobierno en el que prima el interés por el enriquecimiento propio a costa de los bienes públicos”
Ustedes que creen que es la torrentiana España actual... Santiago Segura no lo ha podido reflejar mejor.