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La hora a la que duermes la siesta puede decir más de tu salud de lo que parece, según un estudio con mayores

Un estudio de JAMA Network Open sobre la siesta en mayores relaciona dormir durante más tiempo, hacerlo con mayor frecuencia y especialmente a esta hora con una mayor mortalidad

Un estudio publicado en JAMA Network Open señala que, en adultos mayores, no solo la duración y la frecuencia de la siesta pueden aportar información sobre la salud: la hora a la que se duerme también podría actuar como marcador de vulnerabilidad.

Un estudio publicado en JAMA Network Open señala que, en adultos mayores, no solo la duración y la frecuencia de la siesta pueden aportar información sobre la salud: la hora a la que se duerme también podría actuar como marcador de vulnerabilidad.Unsplash

Patricia de la Torre
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Dormir la siesta después de comer forma parte de la rutina de muchas personas mayores y no hay razones para convertir este hábito, por sí mismo, en una señal de alarma. Sin embargo, una investigación publicada en JAMA Network Open introduce un matiz interesante: cuando se estudia la siesta en edades avanzadas quizá importe observar no solo cuánto se duerme, sino también con qué frecuencia y a qué hora aparece esa necesidad de dormir.

El estudio siguió a 1.338 adultos de 56 años o más y encontró que las siestas más largas y frecuentes estaban asociadas con una mayor mortalidad por cualquier causa durante el seguimiento. Pero el dato más llamativo apareció al mirar el reloj: entre las personas que dormían habitualmente durante el día, quienes concentraban sus siestas por la mañana presentaron un riesgo de mortalidad superior al de quienes lo hacían a primera hora de la tarde.

La conclusión no es que haya que prohibir la siesta matutina ni poner una alarma cada vez que una persona mayor se queda dormida. El estudio encuentra una asociación, no demuestra causalidad. Los propios investigadores plantean que dormir demasiado durante el día o necesitar hacerlo a horas poco habituales podría funcionar como un marcador de problemas de salud o de una mayor vulnerabilidad en edades avanzadas.

La siesta en mayores se midió con dispositivos y no preguntando cuánto creían dormir

Uno de los aspectos más interesantes de la investigación es cómo se midió el descanso. Los participantes procedían del Rush Memory and Aging Project, en Estados Unidos, y llevaron dispositivos de actigrafía en la muñeca durante un máximo de 14 días. De media, los utilizaron durante 9,58 días.

Los investigadores consideraron sueño diurno los episodios detectados entre las nueve de la mañana y las siete de la tarde y analizaron su duración, frecuencia, variabilidad y momento del día.

La edad media de la muestra, además, fue elevada: 81,4 años. Durante un seguimiento medio de 8,3 años (con un máximo de 19)fallecieron 926 de los 1.338 participantes.

La duración de la siesta en mayores mostró una asociación con la mortalidad

Los resultados indican que, después de ajustar los análisis por múltiples factores, cada hora adicional de sueño diurno se asoció con un 13% más de riesgo relativo de mortalidad por cualquier causa durante el seguimiento.

La frecuencia también aportó información. Cada siesta diaria adicional se asoció con un incremento relativo del 7% en el riesgo.

La hora de la siesta en mayores dejó uno de los resultados más sorprendentes

Para analizar el horario, los investigadores se centraron en 1.089 participantes que podían clasificarse como personas que dormían siesta habitualmente. Dividieron sus patrones entre mañana, primera hora de la tarde y última parte de la tarde.

Tras realizar todos los ajustes, quienes concentraban sus siestas por la mañana presentaron un 30% más de riesgo relativo de mortalidad frente a quienes dormían a primera hora de la tarde.

Los investigadores plantean que necesitar dormir en un momento del día en el que una persona sana normalmente debería encontrarse alerta podría ser una pista sobre su estado general de salud.

¿Por qué una persona mayor necesita dormirse repetidamente por la mañana? La respuesta puede estar mucho más allá de la propia siesta.

Los autores mencionan diferentes posibilidades. La somnolencia diurna excesiva puede aparecer relacionada con trastornos del sueño como la apnea obstructiva, mientras que enfermedades respiratorias crónicas, dolor crónico, diabetes, patologías cardiovasculares, síndrome metabólico, trastornos del estado de ánimo o procesos neurodegenerativos pueden producir fatiga y aumentar la necesidad de descansar durante el día.

Por eso el hallazgo puede tener más interés como señal clínica que como recomendación para eliminar la siesta. Una persona que toda su vida ha descansado brevemente después de comer no presenta el mismo escenario que alguien que comienza, sin una explicación clara, a quedarse dormido cada mañana o necesita encadenar varias siestas para completar el día.

Las asociaciones con la duración y la frecuencia de las siestas persistieron incluso después de ajustar por la duración y distintos indicadores del sueño nocturno, por lo que los autores plantean que el sueño diurno podría aportar información adicional sobre el estado de salud y no ser únicamente una compensación por dormir mal de noche.

Hay otro resultado particularmente revelador. Cuando los investigadores repitieron el análisis excluyendo a las personas que ya presentaban deterioro cognitivo al inicio, la asociación entre dormir la siesta por la mañana y la mortalidad dejó de ser estadísticamente significativa.

Eso no invalida el hallazgo principal, pero sí refuerza la necesidad de prudencia. Podría existir una compleja relación entre deterioro cognitivo, enfermedad subyacente, cambios en el patrón de sueño y mortalidad que un estudio observacional no puede resolver por completo.

Si alguien que nunca necesitaba dormir durante el día empieza a hacerlo repetidamente, si las siestas se vuelven progresivamente más largas, si aparecen varias veces al día o si la somnolencia comienza ya durante la mañana pese a haber pasado la noche en la cama, ese cambio puede aportar información relevante para comentarla con un profesional sanitario, especialmente cuando se acompaña de otros síntomas o interfiere con la actividad habitual.

Los propios autores miran hacia una posibilidad que hace unos años habría parecido futurista: utilizar los relojes y otros dispositivos portátiles para monitorizar objetivamente estos cambios en el sueño y ayudar a identificar de manera temprana a personas que podrían necesitar una evaluación.

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