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PERÚ - MADRE DE DIOS

El sorprendente lujo amazónico de Tambopata: dormir sin paredes en plena selva peruana

Habitaciones abiertas a la naturaleza, caimanes que aparecen de noche, guacamayos, ríos y árboles centenarios. Una aventura en la Amazonía peruana que combina la emoción de observar animales en libertad con el confort inesperado de sus lodges.

Los guacamayos establecen vínculos duraderos con sus parejas, con las que comparten el vuelo.

Los guacamayos establecen vínculos duraderos con sus parejas, con las que comparten el vuelo.Carlos Gonzales

Victoria Peñalver
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Recuerdo mi primera noche en Refugio Amazonas, uno de los lodges en los que nos alojamos durante nuestro recorrido por Tambopata. Antes de acostarme, bajé cuidadosamente los estores enrollables que separaban mi habitación de la selva. No es que faltaran las ventanas. Es que uno de los lados estaba completamente abierto al exterior.

Las dos noches siguientes ni siquiera me acordé de bajarlos. Me sentía perfectamente protegida tras la mosquitera que rodeaba la cama y ya me había acostumbrado a dormir escuchando los sonidos de la selva: los impresionantes aullidos de los monos, el canto de las aves o la lluvia golpeando el tejado.

Viajar a la Amazonía peruana exige cierta disposición a renunciar a algunas comodidades. Hay que madrugar mucho, soportar el calor y la humedad, convivir con mosquitos y otros insectos y aceptar que una lluvia inesperada puede echar por tierra los planes del día. Pero también sorprende lo rápido que uno se acostumbra a situaciones que, vistas desde casa, parecían mucho más complicadas.

Una irresistible atracción por la selva

Cuando me preguntan si prefiero playa o montaña, suelo decantarme por esta, aunque reconozco que hay una tercera opción que me arrebata: la selva. He recorrido selvas en Zanzíbar, Camerún, República Dominicana, México, Costa Rica y Perú, donde ya conocía parte de la Amazonía de Iquitos, en el departamento de Loreto.

Ya desde el avión se perciben los enormes meandros del Tambopata.

Ya desde el avión se perciben los enormes meandros del Tambopata.Victoria Peñalver

Por eso, antes de viajar a Tambopata, al sureste del país, en Madre de Dios, me preguntaba cuál de las dos regiones amazónicas peruanas me gustaría más. Desde la ventanilla del avión reconocí aquel paisaje de ríos serpenteantes y extensiones interminables de vegetación que tanto me había impresionado en mi viaje anterior.

Ya en Puerto Maldonado, los motocarros, el calor húmedo y el movimiento de las calles reforzaban esa sensación tan familiar, aunque en su Plaza de Armas no encontré ningún edificio que evocara a Eiffel, como en Iquitos.

Esta vez nos esperaba un recorrido diferente hasta nuestro alojamiento. En lugar de embarcar prácticamente en la ciudad, como habíamos hecho la otra vez, tuvimos que atravesar largos caminos de tierra rojiza, rodeados de una vegetación exuberante y con algunos tramos seriamente castigados por las lluvias.

Las lluvias convierten los caminos de acceso a Tambopata en auténticos desafíos.

Las lluvias convierten los caminos de acceso a Tambopata en auténticos desafíos.VICTORIA PEÑALVER

Por momentos, aquel trayecto me recordó al que hice años atrás entre Douala y Bamenjou, en Camerún. En ambos continentes, los conductores sorteaban enormes charcos y profundos baches con una pericia admirable, mientras el cielo, que unas horas antes había descargado un auténtico diluvio, aparecía completamente azul.

Finalmente llegamos al Tambopata, un río de agua rojiza que, tras unirse al Madre de Dios, acabará incorporándose al Amazonas a través de los ríos Beni y Madeira. El Amazonas, por el que había navegado al noreste del país, impresiona por su inmensidad, con tramos en los que cuesta distinguir la otra orilla. Mucho más al sur, el Tambopata, considerablemente más estrecho, tiene otro atractivo: la cercanía de la vegetación y la posibilidad de observar a los animales que se acercan al agua.

Las capibaras despiertan una ternura difícil de resistir.

Las capibaras despiertan una ternura difícil de resistir.Paul bertner

Nos quedaba aproximadamente una hora de navegación hasta nuestro refugio, y apenas habíamos comenzado a remontarlo cuando aparecieron siete capibaras, los roedores más grandes del mundo, entretenidas comiendo arcilla en la orilla. En esta zona no iba a encontrar esos delfines rosas que tanto me gustaron del Amazonas, pero el Tambopata nos tenía reservadas muchas más sorpresas.

El lujo amazónico existe

Reconozco que no esperaba encontrar habitaciones tan cómodas en plena selva. Amplias, con mobiliario de madera, dos grandes camas protegidas por mosquiteras, una hamaca en la que descansar después de las excursiones y la vegetación prácticamente entrando en la habitación. Algunas tenían incluso terrazas privadas con bañera y ducha al aire libre.

Así eran los alojamientos de Refugio Amazonas y Posada Amazonas, los dos lodges de Rainforest Expeditions en los que pasamos nuestras tres noches en Tambopata. La Posada tiene, además, una particularidad que me gustó especialmente: pertenece a la comunidad nativa Ese Eja de Infierno, que desde hace 30 años mantiene una alianza con la empresa y recibe buena parte de los beneficios que genera el alojamiento.

El placer de dormir con la selva al otro lado de la mosquitera.

El placer de dormir con la selva al otro lado de la mosquitera.Victoria Peñalver

Pero aquí el lujo tiene sus propias reglas. Las habitaciones están abiertas a la selva y, aunque cuentan con muchas de las comodidades de un buen hotel, hay pequeños detalles que adquieren una importancia inesperada. Me estoy refiriendo al servicio de descubierta, que en ningún hotel urbano había agradecido tanto como aquí.

Cada tarde, alguien se encargaba de desplegar y ajustar perfectamente la mosquitera alrededor de la cama. Una vez dentro, podía dormir tranquila, sabiendo que mosquitos y demás visitantes inesperados se quedarían fuera. Sin embargo, algo me inquietó la primera noche: encontrar un silbato entre los artículos de cortesía de la habitación. Preferí no pensar demasiado para qué podía hacer falta.

Madrugar mucho y no tener ninguna garantía

Cada mañana, antes de salir, consultaba la previsión del tiempo y preparaba el equipo. Chubasquero, botas y protección para la cámara o, simplemente, camiseta y protección solar. Nunca sabías muy bien qué te ibas a encontrar al bajar aquellas escaleras que conducían al embarcadero.

Con lluvia o con sol, cada día nos esperaba una aventura diferente

Con lluvia o con sol, cada día nos esperaba una aventura diferenteVictoria Peñalver

Uno de los días, nos levantamos a las tres de la madrugada y media hora después estábamos preparados para salir. Esta vez, con poncho de agua y botas de goma que llegaban casi hasta las rodillas.

Nos esperaba una de las excursiones más deseadas del viaje. Íbamos a salir de la zona de amortiguamiento, donde nos alojábamos, y adentrarnos en la Reserva Nacional Tambopata para visitar la Collpa Chuncho, una pared de tierra y arcilla donde los guacamayos se reúnen para alimentarse de sus minerales.

Pero justo antes de embarcar empezó a diluviar.

En la selva, contar con un buen equipo puede marcar la diferencia.

En la selva, contar con un buen equipo puede marcar la diferencia.Victoria Peñalver

Lo que para nosotros era una lluvia torrencial allí parecía considerarse poco más que una llovizna. Y, aunque estábamos dispuestos a continuar, apenas cinco minutos después regresamos. Según los guías, con aquella lluvia era muy improbable que los guacamayos acudieran a la collpa.

Así funciona la selva. Puedes levantarte a horas intempestivas y volver a la cama sin haber visto absolutamente nada.

El espectáculo de las collpas

Por suerte, durante el viaje sí tuvimos ocasión de presenciar el espectáculo de una collpa, aunque aquella vez fueron los loros quienes acudieron a alimentarse de la arcilla. Apostados en una caseta de madera y cañizo camuflada entre la vegetación de la orilla del río, seguimos todo lo que ocurría a través de pequeñas aberturas.

Los loros acuden a las paredes de arcilla para alimentarse.

Los loros acuden a las paredes de arcilla para alimentarse.Victoria Peñalver

La pared de arcilla, inicialmente desierta, recibió la visita de un par de loros. Poco después llegaron otros, y otros más, hasta que la superficie comenzó a llenarse de aves que se movían de un lado a otro buscando dónde picotear. Y entonces, sin que aparentemente ocurriera nada, uno levantó el vuelo y todos los demás salieron a su zaga. En cuestión de segundos, no quedó ninguno.

Los guacamayos protagonizan uno de los espectáculos naturales de Tambopata.

Los guacamayos protagonizan uno de los espectáculos naturales de Tambopata.Carlos Gonzales

Los guacamayos protagonizan un espectáculo parecido, aunque esta vez nos quedamos con las ganas de presenciarlo. Eso sí, durante el viaje vimos numerosos ejemplares de vistosos colores sobrevolando la selva o posados de dos en dos sobre una misma rama. Y es que estas aves suelen establecer vínculos duraderos y es habitual encontrarlas siempre con su pareja.

Aprender a mirar donde aparentemente no hay nada

Habíamos salido a las cinco y cuarto de la madrugada para visitar la Cocha Tres Chimbadas. «Cocha», que procede del quechua, significa lago o laguna. Para llegar hasta allí navegamos primero por el río Tambopata y, una vez en el lago, cambiamos nuestra embarcación habitual por unos sencillos catamaranes: una plataforma de madera con bancos, apoyada sobre dos patines alargados, que se impulsaba manualmente con una larga pala desde la popa. Nos sorprendió el color del agua, de un verde oscuro que contrastaba con el tono rojizo del río.

Sin motor, el catamarán permite observar la fauna sin apenas perturbarla en el Lago Tres Chimbadas.

Sin motor, el catamarán permite observar la fauna sin apenas perturbarla en el Lago Tres Chimbadas.Victoria Peñalver

Tuve ocasión de manejar nuestro catamarán durante apenas diez minutos y me sorprendió lo difícil que resultaba dirigirlo y, sobre todo, el esfuerzo físico que requería. Después de intentarlo, no pude menos que admirar a nuestro remero, que lo hacía durante horas con una facilidad pasmosa.

Pasamos buena parte de la mañana recorriendo el lago, desayunando en nuestra embarcación y observando una extraordinaria variedad de animales.

Nuestro guía, Juan Carlos Yatto, derrochaba una habilidad asombrosa para descubrir aves entre la vegetación. Y lo mismo ocurría con uno de los integrantes de nuestro grupo, al que terminamos apodando «el pajarólogo». Veían aves a una distancia que a los demás nos parecía imposible.

Telescopio y prismáticos ayudan a descubrir la fauna más esquiva.

Telescopio y prismáticos ayudan a descubrir la fauna más esquiva.Victoria Peñalver

Al principio resultaba desesperante.

Juan Carlos señalaba hacia un árbol, nos indicaba dónde estaba el animal e incluso utilizaba un puntero láser verde para ayudarnos a localizarlo. Y yo seguía sin ver absolutamente nada. Ni con los prismáticos. Ni siquiera con el telescopio terrestre que llevábamos para observar aves a gran distancia.

Pero, poco a poco, algo empezó a cambiar. Aprendías a distinguir movimientos entre las hojas, a reconocer determinadas siluetas y a prestar atención a sonidos que antes te pasaban inadvertidos.

Cuando por fin descubres las aves, empiezas a sentirte parte de la selva.

Cuando por fin descubres las aves, empiezas a sentirte parte de la selva.Victoria Peñalver

Durante aquella mañana vimos cormoranes, patos aguja, garzas agamí de plumaje azul y granate, tucanes, guacamayos y shanshos, unas aves amazónicas de aspecto prehistórico, con una cresta despeinada y unos llamativos ojos rojos. También descubrimos un ayaymama, un ave tan bien camuflada sobre una rama que parecía formar parte del propio árbol. Volvimos a ver capibaras, aunque nos quedamos con ganas de ver las nutrias gigantes que viven por esa zona.

Dos encuentros con caimanes difíciles de olvidar

Al primer caimán lo descubrimos cuando ya estaba anocheciendo. Permanecía sobre la arcilla de la orilla y lo que más llamaba la atención eran sus ojos brillando en la penumbra. Al detectar nuestra presencia, comenzó a deslizarse lentamente hacia el agua, arrastrando su pesado cuerpo, hasta desaparecer por completo.

La mirada del caimán es capaz de intimidar incluso desde lejos.

La mirada del caimán es capaz de intimidar incluso desde lejos.Paul Bertner

El segundo apareció a plena luz del día y, aun así, nos costó distinguirlo. Estaba dentro del agua, parcialmente oculto entre la vegetación que flotaba en la superficie. Apenas asomaba una parte de la cabeza y, de no haber sabido dónde mirar, probablemente nos habría pasado inadvertido.

En ambas ocasiones me pregunté, con cierto desasosiego, cuántos caimanes más habría a nuestro alrededor sin que fuéramos capaces de verlos.

Un bosque de árboles centenarios y torres de observación

Durante nuestras caminatas por la selva encontramos gigantes castaños amazónicos de casi 300 años, que producen las conocidas nueces de Brasil, que aquí llaman castañas. Su recolección supone una importante fuente de ingresos para las comunidades locales. También abundan las ceibas, capaces de superar los 50 metros de altura, shihuahuacos y curiosas cashaponas, conocidas como palmeras caminantes por sus llamativas raíces aéreas que parecen zancos.

De izquierda a derecha: ceiba, castaño amazónico y palmera caminante.

De izquierda a derecha: ceiba, castaño amazónico y palmera caminante.Victoria Peñalver

En algunos senderos, la vegetación era tan densa que apenas dejaba pasar la luz. Aunque algunas plantas tienen sus propios recursos para aprovecharla. Las hojas superiores de la monstera forman característicos agujeros naturales para permitir que la luz llegue a las de abajo. ¡Un ejemplo de generosidad y empatía de la naturaleza!

En uno de aquellos recorridos paseamos por la selva descubriendo las propiedades medicinales y los usos tradicionales de numerosas plantas, como la ayahuasca, el ajo sacha, la uña de gato o el para-para. En otra ocasión participamos en la instalación de una cámara trampa, uno de los dispositivos que se utilizan para estudiar la fauna sin interferir en su comportamiento. La dejamos preparada junto al sendero y nos explicaron que permanecería allí varios días. Un par de semanas después nos enviarían las grabaciones de los animales que hubieran pasado por delante. Estoy deseando descubrir qué especies habrán recorrido aquel mismo camino sin que yo llegara siquiera a sospechar su presencia.

La selva esconde numerosas plantas utilizadas tradicionalmente como remedios medicinales.

La selva esconde numerosas plantas utilizadas tradicionalmente como remedios medicinales.Victoria Peñalver

Pero no apreciamos de verdad la inmensidad de aquel bosque hasta que subimos a las dos torres de observación. Desde la primera, relativamente cerca de Refugio Amazonas, distinguimos entre las copas de los árboles un enorme tubo cilíndrico que servía de nido artificial para los guacamayos. Nos contaron que desde 1989 se estudia en Tambopata la reproducción de estas aves y las amenazas que afrontan, y que una de las iniciativas para favorecer su cría consistía precisamente en instalar estos nidos. Y allí teníamos uno, en lo alto de un árbol que, desde nuestra posición, parecía quedar a nuestros pies.

La segunda, conocida como torre Canopy, la visitamos durante nuestra estancia en Posada Amazonas. Tenía 42 metros de altura y nada menos que 290 escalones. Era una estructura metálica situada junto a otra antigua torre de madera, bastante deteriorada.

A 42 metros de altura, la selva se contempla desde otra perspectiva.

A 42 metros de altura, la selva se contempla desde otra perspectiva.Carlos Gonzales

Desde lo alto disfrutamos de una panorámica de 360 grados sobre la selva, con el río abriéndose paso entre una extensión interminable de vegetación. Tuvimos la suerte de ver guacamayos sobrevolando el bosque y, bastante más abajo, un mono tocón colorado con su cría saltando de rama en rama.

La satisfacción de haberlo vivido

Viajar a la Amazonía exige cierta capacidad de adaptación. Pero después de cuatro días en Tambopata regresé a Lima con la satisfacción de haber aprovechado cada momento. Había visto animales que hasta entonces solo había visto en documentales, aprendido a descubrir otros entre la vegetación y disfrutado de una selva en la que, para mi sorpresa, cada día me sentía más a gusto.

En la selva, guía y equipo son imprescindibles.

En la selva, guía y equipo son imprescindibles.Victoria Peñalver

Me llevaba también algo que había hecho especialmente agradables aquellos días: la complicidad con mis compañeros de viaje, reforzada a base de madrugones, chaparrones y pequeños contratiempos compartidos.

¿Y qué Amazonía me ha gustado más, la de Iquitos o la del Tambopata?

Sigo sin saberlo.

Lo que tengo claro es que volvería a cualquiera de las dos sin pensármelo demasiado.

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