| 14 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Sánchez dirigiendo el país en alpargatas.
Sánchez dirigiendo el país en alpargatas.

Sánchez dirige el país en alpargatas mientras se achicharra en Lanzarote

Con la luz fuera de control, esta nueva grieta con Marruecos y decenas de compatriotas atrapados en el polvorín afgano, es legítimo preguntarse: ¿Hay alguien al mando?

| Antonio Martín Beaumont España

 

Dicen los diplomáticos aventajados que el único consejo que se le da al ministro de Exteriores es no dar nunca señales de debilidad para no erosionar la imagen de España. Esos mismos expertos llevan décadas alertando de la proverbial capacidad de Marruecos para detectar las crisis en La Moncloa y modular sus provocaciones.

Lo supo Adolfo Suárez con las resacas de la Marcha Verde, lo experimentó Felipe González con la pesca y lo sufrieron José María Aznar en Perejil y José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy con las oleadas de cayucos y pateras en las costas de Andalucía y Canarias.

Las guerras internas, al límite

Pedro Sánchez, con esa soberbia tan suya y lastrado por el adanismo de Podemos, ha llevado las guerras internas en su Gobierno al límite de lo tolerable: los alquileres, Cuba, la luz y las inversiones en Cataluña son los últimos ejemplos.

Además, el guirigay constante entre PSOE y Podemos pone en entredicho nuestra posición ante Marruecos, que es, por vecindad estratégica y por los conflictos arrastrados desde la Transición (Sáhara, Ceuta y Melilla, la pesca, inmigración, Argelia), el peor de nuestros “enemigos”.

Y en el momento más delicado, con un Mohamed VI desafiante, una Casa Blanca visiblemente distanciada y recelosa de Madrid y un Afganistán que enseña la puerta a una nueva oleada migratoria de consecuencias impredecibles para Europa.

Y en este clima de máxima tensión internacional, con Sánchez increíblemente desaparecido, el ministro del Interior ha abierto el enésimo frente con el partido morado, experto en humillar a los compañeros de gabinete socialistas más achicharrados. Que le pregunten si no a Carmen Calvo o a José Luis Ábalos.

No se entiende que Fernando Grande-Marlaska se haya lanzado por su cuenta y riesgo -sin autorización expresa del veraneante de La Mareta ni consulta previa a Yolanda Díaz o Ione Belarra- a una devolución masiva de los menores que el Rey marroquí decidió arrojar contra España precisamente por las provocaciones de Podemos y sus coqueteos con el Polisario y su líder Brahim Ghali, introducido en nuestro país a escondidas y a espaldas de Rabat.

 

Como tampoco se comprende que el sector PSOE del Gobierno y, por supuesto, el propio Marlaska, no previeran que al “ala morada” le iba a faltar tiempo para desplegar sus acreditadas dosis de demagogia y convertir la repatriación en “cuestión de Estado” y en arma arrojadiza para PP y Vox. ¿O qué reacción esperaban de dos dirigentes podemitas de gatillo tuitero tan fácil como la propia Belarra o Pablo Echenique?

¿Realmente hay alguien al mando?

Con la luz fuera de control, esta nueva grieta con Marruecos y decenas de compatriotas atrapados en el polvorín afgano, es legítimo preguntarse: ¿Hay alguien al mando? ¿Qué hace Sánchez de veraneo en Lanzarote, publicando fotos desde la supuesta sala de mando en alpargatas?

Porque con su silencio no es su imagen ni la de su “Gobierno bonito 2.0” la que se desmorona, sino España la que sufre una erosión. Con lo de Marruecos ya sobrevenido, malo. Con lo que está por llegar desde Kabul, peor.