Moisés Ruiz

Gatopardismo y feminismo

Pedro Sánchez, entre el 2,1% y el 5%DPA vía Europa Press

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Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió la novela “El Gatopardo” donde retrata la decadencia de una clase social, el ocaso sentimental y político de una familia noble sometida a los profundos e inevitables cambios del devenir histórico.

Los Salina viven en un mundo aislado, protegido por los muros de sus palacios y las intrigas políticas, desconectados de la realidad de la Sicilia de la segunda mitad del XIX. Su vida lujosa, aferrada a sus tradiciones se desvanece en el ruido de las conspiraciones personales e ignoran deliberadamente, la agitación y el runrún de cambio que resuena en las calles.

Esta novela hizo célebre el vocablo gatopardismo, extraído de un pasaje de la novela en la que Tancredi Falconeri, sobrino del Príncipe de Salina, afirma: «Si queremos que todo siga como está, necesitamos que algo cambie». Con esta frase convocaba a la aristocracia a aceptar los cambios políticos con el fin de preservar su poder.

Este eslogan resume la esencia del oportunismo al considerar que debemos adaptarnos para mantener o aumentar los privilegios.

En el pasaje histórico del actual PSOE podemos identificar y unificar a Tancredi Falconeri con Don Fabrizio, príncipe de Salina en la figura de Pedro Sánchez. Por un lado, se aferra a las tradiciones de su mensaje y por otro, procura cambios, con trampa, para modificar lo justo y así asegurarse su continuidad política.

Como en la novela, Pedro Sánchez ignora y trata de esquivar el clamor popular, la decepción ideológica de su legado a la vez que intenta aferrarse al poder.

Importancia de su particular senda del ilusionismo fue la reunión con algunas de las feministas de su partido, acto simbólico previo al Comité Federal, como gesto usual de pulcritud empática hacía su consideración anímica, muy dañada tras conocer el trato vejatorio que uno de los hombres fuertes del renovado socialismo progresista y feminista daba a las mujeres.

Estoy roto de dolor, les dijo. He perdido mucho peso les manifestó, por si no se habían dado cuenta, con el fin de dar más pena y de adentrarse en su umbrío corazón, casi bruno, de mujeres estupefactas.

El instinto político de Tancredi Sánchez creía estar funcionando, de nuevo, a pleno rendimiento. Había descubierto el agujero de la decadencia y estaba dispuesto a taparlo. De nuevo utilizando el sentimiento femenino como masilla. Y, por supuesto, hizo el movimiento gatopardista, la más grande ilusión estética que podíamos imaginar. El relevo de Santos Cerdán era una mujer, Rebeca Torró, valenciana, además, para darle en los morros al PP incluyendo una comunidad autónoma de lóbrego recuerdo. Pero el nombramiento incluía la trampa, muy al estilo sanchista. No es lo que ves sino lo que hay detrás que escondo con maestría. Esta vez el engaño fue hábilmente descubierto por dos periodistas que fueron, antaño, cuna de sus propósitos y que hoy han pasado a la membresía de la fachosfera, quién se lo iba a decir a Monrosi y a Palomeras.

El intento de ubicar a Paco Salazar —machista baboso según testimonios de mujeres— al lado de Rebeca Torró es una burla a las feministas y al feminismo. Tancredi Sánchez ha sido descubierto. Si les siguen aplaudiendo y admitiendo sus juegos sucios de magia ya no es problema de Pedro Sánchez sino de quien aplaude y admite. Paco Salazar ha destapado el engaño. Ya nada es casualidad. Ni feminismo, ni progresismo: todo depende. Lo único que vale en esta aventura es cambiar algo para que todo siga igual, es decir, YO, Pedro Sánchez, en el Palacio de la Moncloa.