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¿Pero qué pasa en España?

Begoña Gómez

Begoña Gómez

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España es ese extraño país, que desde fuera todos admiran y les encanta visitar para disfrutar, estudiar o trabajar… pero que ningún extranjero entiende en el momento que empiezan a conocer mínimamente cómo funcionan sus estructuras políticas y sociales. “Estos españoles están muy locos”. Es la respuesta más habitual.

Cuando mis amigos en Colombia me preguntan por la política española no sé ni por dónde empezar. Al contar lo básico, lo esencial del sistema nadie me cree. Les resulta incomprensible que gobierne un presidente incapaz de aprobar leyes, ni un presupuesto en cuatro años y que, además, ni siquiera fue el más votado en las elecciones.

Se llevan las manos a la cabeza cuando les digo que en algunas regiones del país hay problemas para usar el español y no se puede estudiar con naturalidad la lengua oficial del país en la educación pública. Les cuesta aceptar la idea de que te meten en un calabozo sí o sí una o dos noches por una acusación verbal sin prueba alguna.

Les parece increíble que no te puedas defender en tu propia casa si te están asaltando un grupo de delincuentes a riesgo de acabar en la cárcel, incluso si eres un anciano de 80 años. O que si te ‘okupan’ tu casa, en el mejor de los casos, olvídate de ella durante dos años mientras sigues pagando las facturas y la hipoteca.

Los extranjeros alucinan, y con razón. Porque incluso los españoles ‘flipamos’ en colores con el país que se nos está quedando. La mayoría me miran con los ojos como platos, y después de un silencio viene la frase que ya estoy harto de negar: “exageras, esto no puede ser verdad”. 

Pues sí, y no solo es verdad sino que te estoy contando solo lo sustancial, lo básico. Desde fuera, desde la lejanía, todo se ve distinto, aunque igual de triste y doloroso.

Casi nadie entiende que se irrespeten los símbolos nacionales, como sucede en todos los eventos deportivos donde compiten equipos vascos o catalanes. También les cuesta creer que siendo tan admirados por todo el mundo, buena parte de los españoles (quizás la mitad), odien, desprecien, y se avergüencen de España.

 Pero no de esta España que estoy describiendo entre el sainete y el drama, odian lo que representa España en sí, su historia, su cultura, su identidad, su legado internacional.

Nuevamente me armo de valor y en cada respuesta me pregunto lo mismo que ellos: ¿cómo es posible que esto siga pasando? ¿Cómo es posible que se permita todo según quien lo haga? Ancho para el antiespañol, ya sea independentista o comunista, estrecho para el que discrepa de la corriente progresista.

La conversación es breve, pero suficiente para comprender que, visto desde fuera, nuestra ‘españita’ bajo el gobierno de Pedro Sánchez cada vez se parece menos a una democracia occidental. Es otra cosa. Una mezcla entre enfermedad mental con aires caribeños, y un complejo esencial de identidad barnizado de un nuevo negrolengendarismo.

Luego está la corrupción moral y política. El “rebaño” de la izquierda como los autocalificó Lula da Silva en Barcelona hace unos días. Ese rebaño no tiene apuros en pasar por alto la corrupción de los suyos. Mejor un corrupto de mi trinchera, que otro que esté por ver de los contrarios… es bien distópico.

Anteayer, Óscar, un amigo de Bogotá, me llamó por teléfono y me preguntó bastante sorprendido: ¿es verdad que la mujer del presidente está acusada formalmente de cuatro delitos de corrupción o es una noticia manipulada de los medios? Sí, le respondí. Y no es un rumor, ni una fake news de la caverna mediática de la ‘fachosfera’ que diría Sánchez. Es una realidad judicial que merece un análisis más profundo.

De toda la corrupción que asedia al sanchismo, el caso de Begoña Gómez es el caso más sangrante. Si hay algo que distingue al sanchismo de otros gobiernos mediocres que España ha padecido a lo largo de su historia es la peculiar mezcla de ineptitud y desvergüenza. No basta con gobernar mal. Hay que hacerlo, además, con la familia bien colocada y el entorno bien engrasado. Ya no hablamos de errores políticos o decisiones equivocadas. Son hechos concretos, documentados, investigados por la Justicia.

Hablamos de Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno

 Hablamos de una cátedra universitaria negociada en Moncloa, a la que ningún ciudadano con su formación académica de ‘no universitaria’ habría tenido acceso por los cauces ordinarios. Hablamos de una cátedra en la Universidad Complutense que recibía patrocinios de empresas sometidas a regulación gubernamental como Caixabank o Reale.

Hablamos de Air Europa. La aerolínea, rescatada con dinero público por el gobierno de su marido, cerró un patrocinio de 40.000 euros anuales con la señora Gómez. El rescate fue multimillonario. El patrocinio, generoso. La casualidad ya ni nos sorprende. Pinten ustedes el cuadro y les saldrá, por lo menos, un Dalí en su etapa más surrealista.

Hablamos de Barrabés y de su apoyo a Begoña en sus inicios como ‘emprendedora’. El empresario, por el pago de sus servicios, recibió más de diez millones de euros en contratos públicos. La recomendación funcionó. Creo que a usted no le hubiera ido tan bien con la administración pública.

Hablamos de un software. La señora Gómez consiguió que Google, Telefónica e Indra —dos de ellas bajo influencia o participación pública— donaran más de 300.000 euros en horas de trabajo y recursos para desarrollarlo. Luego registró la marca a su nombre y creó una SL para explotarlo comercialmente. Dinero ajeno para construir patrimonio propio. No se pone ni medio colorada…

Hablamos, en suma, de un patrón claro desde que el matrimonio Sánchez-Gómez llegó al gobierno. No se trató de un desliz, ni de una casualidad o una mala gestión puntual. Es la política sistemática de aprovechamiento de la posición institucional del marido para construir un entramado de influencias, contratos, patrocinios y beneficios económicos que no habrían sido posible si Pedro Sánchez fuera un panadero de Fuenlabrada.

Todo esto está documentado y se va a juzgar. Independientemente de que sea culpable de un delito penal, moralmente son hechos reprobables porque significan un abuso de poder para quien, además, debería de dar ejemplo. Poco da. Le han solicitado el pasaporte para no salir del país, y ha hecho oídos sordos. La casta, la que se siente impune e intocable.

Adamuz

¿Cómo es posible que el accidente de Adamuz, con 46 muertos, y la más que razonable sospecha de que ADIF fue negligente, no haya tenido consecuencias en forma de dimisión de algún miembro del gobierno? No solo no se han ido a su casa sino que Sánchez, Óscar Puente y demás patulea, ni siquiera han pedido perdón. 

La culpa es de Juanma Moreno que pasaba por allí por andaluz. ¿Cómo puede tragar el discurso entre sus bases? ¿No hay una neurona al mando de esas cabezas que le pidan una mínima responsabilidad de los hechos a sus líderes, por muy suyos que sean? La respuesta es no.

Apagón

Ahora que se cumple un año del apagón, en su día todo el mundo me preguntó que como era posible que pasara una cosa como esa y que tampoco dimitiera nadie. Solo pude hacer cara de idiota y apelar al clásico ‘Spain is diferent’. El colapso de 60 millones de ibéricos expuso las vergüenzas de un sistema eléctrico mal gestionado y peor planificado. ¿Consecuencias políticas? Ninguna. ¿Responsabilidades asumidas? Cero. La culpa: de las empresas privadas. Otra más.

Otro amigo, esta vez colombiano pero residente en Madrid hace muchos años y con los papeles en regla, se sorprende de que se esté regularizando a medio millón de inmigrantes ilegales, muchos de ellos colombianos, claro. Esta medida va a contracorriente de lo que está pasando en el mundo.

La casta ha decidido que ‘papeles para todos’ de un plumazo. Sin un debate serio, reflexivo, sin un consenso social, sin saber que se van a poner a hacer muchos de estos, sin estudiar las consecuencia de la afectación a los servicios públicos, el empleo o la seguridad.

Como si la regularización masiva fuese un acto de generosidad desinteresada… o es una operación de aritmética electoral. Más bien esto teniendo en cuenta nuestra máxima de que la gente no les importa.

Mientras tanto, los ciudadanos que llevan décadas cotizando, ven cómo se deteriora de una manera alarmante la calidad en la atención de los hospitales públicos o la educación de los colegios. Pero ese problema no es de la casta progre de Moncloa o Galapagar, ese será problema de la gente. Recuerden, desprecian al pueblo.

Uno de los datos más humillantes que un gobierno puede exhibir son los datos de pobreza infantil. Estos, que llevan años autoproclamándose defensores de los más vulnerables, lideran por mucho, los índices de pobreza infantil de la Unión Europea. Niños que pasan calamidades, familias que no llegan a fin de mes, cifras que avergüenzan. 

Para eso no, pero el gobierno sí tiene tiempo y energía para todo lo demás: propaganda, decretos identitarios, pactos con independentistas… Para los niños pobres, solo discursos. Nuevamente volvemos al desprecio por el pueblo.

Y mientras tanto, la situación de los jóvenes y la vivienda es la mayor tragedia silenciada de estos años. La fuga de talento es uno de los fenómenos más graves y menos reconocidos de la España contemporánea. 

Médicos, ingenieros, investigadores, profesionales altamente cualificados que el sistema educativo español ha formado a costa del erario público se marchan a Alemania, al Reino Unido, a los países nórdicos o Hispanoamérica. Se van porque en otros países cobran más y trabajan en mejores condiciones. El gobierno habla de España como potencia económica emergente. Los que se van (y lo que nos fuimos hace años) hablamos de otra España.

Por no hablar de la vivienda. Una generación entera de españoles formados, preparados y con ganas de construir su vida se encuentra ante un mercado de vivienda inasequible para la mayoría. La ley de vivienda del gobierno, vendida como solución, ha resultado ser, en todo el territorio nacional, el mejor catalizador para el encarecimiento del alquiler.

Cuando la ideología barata sustituye al análisis serio, los que pagan el precio siempre son los mismos: los de abajo. De los que se ríe el presidente desde Moncloa. Sí, su mismo palacio de cristal que dio cobijo a su hermano el músico de feria de pueblo con todos los gastos pagados mientras, en teoría, éste vivía en Portugal… para no pagar impuestos. 

Cualquier persona normal, con un mínimo de moral, hubiera dimitido. Pero es que Sánchez no es normal. Bueno España tampoco lo es aunque los extranjeros sigan pensando que somos la hostia.

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