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El Forestal, donde respiras la historia

El Forestal.

El Forestal.

Antonio Martín Beaumont

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Villaviciosa no se entiende sin su bosque interior. Un refugio de calma, memoria y alma viva. Una sombra que nos cuida en silencio.

Hace ya casi veinticinco años que escuché por primera vez su nombre.

Acababa de mudarme a Villaviciosa de Odón. Quería saber por dónde salir a andar entre árboles. Era un “forastero” osado.

Fue Alberto Algaba —el mejor cicerone con el que puedes toparte, además de enorme persona— quien primero me sacó de dudas: ¡Vete al Forestal!

La verdad: no había que marcharse lejos.

A la vera del castillo, basta con andar diez pasos para que todo cambie. El aire. El ritmo. Los colores. Los sonidos. Uno mismo.

El Forestal.

El Forestal.

Hay quien lo llama parque. Pero no lo es. Tampoco es un monte salvaje. Ni un bosque al uso. Es otra cosa. Un espacio con alma. Un claro de conciencia dentro del pueblo. Una algarabía de sensaciones.

Es El Forestal.

No sabría decir cuántas veces lo he caminado de un lado a otro acompañado por mi fiel Aníbal. Tampoco cuántas personas me he cruzado.

Sí recuerdo, en cambio, el sonido de los pájaros carpinteros que te hacen pensar que estás en mitad de una selva.

Todavía noto su suelo húmedo por las mañanas. Los conejos que se mueven de un lado a otro. Ese sabor a naturaleza.

Una maravilla difícil de encontrar en el siglo XXI.

El Forestal.

El Forestal.

El Forestal es un lugar donde no hay prisa. Y en el que, sin saber por qué, uno baja la voz. Hay algo espiritual. Quien lo ideó, lo pensó muy bien: no hay mejor forma de proteger un pueblo que darle sombra.

Dicen que un rey como Felipe V cazaba por aquí. Su hijo Fernando, también rey, vivió y murió de amor a sus puertas.

Los monjes lo cruzaban en silencio. Una guerra lo atravesó. Incluso ha resistido al fuego y a la codicia constructora.

Todo eso ha ocurrido entre estos árboles, cruzando sus puentes de madera y dando vueltas a sus frondosos caminos, a la vista de su central arroyo que lo refresca todo. Y mucho más. ¡Seguro!

El Forestal.

El Forestal.

Hoy, paseantes, corredores, niños, padres que empujan carritos, jóvenes que se pierden para encontrarse y mayores que recuerdan otros tiempos son su paisaje diario.

Pero el bosque no cambia. Cambiamos nosotros.

Estos días, antes de escribir, he vuelto a leer el precioso libro “Historia de un árbol”, de Gonzalo López-Polín. Me lo regaló y dedicó su nieta, la querida y admirada María Elena López-Polín. Ese libro es parte del alma del pueblo.

En él hay algo que me gusta especialmente. Cuenta su autor que esta ciudad se llamaba Villa de Odón, aunque el rey Fernando VI, vaya a saber uno por qué, le añadió el apelativo de “viciosa”. Seguramente, claro, por las cortesanas que le acompañaban en su estancia real en el castillo.

He visto a niños leer cuentos entre arbustos. Y también he contemplado a una mujer mayor sentarse sola, cerrar los ojos y sonreír como si escuchara a alguien que ya no está. El bosque, si lo sabes mirar, devuelve demasiadas cosas. Tantos recuerdos. Una calma insólita. A veces, hasta el sentido.

En verano se agradece todavía más, cuando todo fuera es ruido. Yo me refugio allí cuando quiero huir de la perenne trifulca política, de los teléfonos, del calor, de los coches.

El Forestal.

El Forestal.

El Forestal siempre está a mano. Sin decir nada. Esperando. Ofreciendo su sombra como quien ofrece la gran paz.

Hay pueblos que tienen plaza mayor. Villaviciosa de Odón también la tiene. Aunque distinta, porque, en realidad, es una calle. Pero lo compensa con algo de lo que muy pocos pueden presumir: un bosque que no está fuera, sino dentro. Tan dentro que es parte de todos.

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