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El oprimido eres tú

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Olvídense por un momento de las clásicas trincheras de izquierdas y derechas. Etiquetas cada vez más anticuadas debido a que nuestros valores y estilo de vida han cambiado en una sola generación. 

En el contexto actual, y si recurrimos a las famosas etiquetas, creo más acertado hacer la distinción entre estatistas o liberales. Los primeros, la mayoría, son gobiernos que, de frente, nos dicen que van a controlar nuestras vidas porque, además, se sienten legitimados moralmente para buscar el bien infinito y universal. Los otros, los liberales, en mayor o menor medida (y aquí hay un abanico inmenso de matices), permiten ciertas parcelas de libertad individual.

Curiosamente, quien más ha hecho por terminar con lo que Marx llamó la ‘clase obrera’ ha sido la propia izquierda. Que otra cosa no, pero reinventarse, lo sabe hacer muy bien.

Tras el hundimiento de la Unión Soviética a comienzos de los años 90, tenía poco sentido seguir reivindicando un sistema político del que hasta los propios protagonistas huían despavoridos saltando muros. Al progrerío internacional le tocó emplearse a fondo para ver qué banderas enarbolaban para seguir engañando al personal. 

Retórica rupturista

En este mundo tecnologizado y digital, en el que las economías globales nos han igualado, el seguir hablando de obrerismo no tenía sentido desde el rupturismo, que es lo que ellos quieren: romper la sociedad. 

Por eso surgió el wokismo. Para seguir dividiendo, ya no mediante el materialismo histórico de Marx, sino desde la identidad. Si Marx levantara la cabeza, fliparía con los que han retomado su bandera. 

Los nuevos problemas de la agenda social son el feminismo, la inclusión social, la raza, el ambientalismo o el movimiento gay… y para todos inventaron palabros, como LGTBIQ+. Porque sin un relato amable y neologismos que introducir, no hay causas. (interseccionalidad, microagresión, empoderado, inclusividad, apropiación cultural, violencia simbólica, aliade, equidad...) ¿les suena? 

En este marco, el wokismo se ha apoderado del progresismo o socialismo. Colonizando sin ningún complejo, la doctrina estatista, con la intención de dominar todas las parcelas de la vida social y el pensamiento. 

La histórica lucha de clases (ricos contra pobres) se ha sustituido por una nueva división entre ‘opresores’ frente a ‘oprimidos’. Obviamente, ampliando el marco económico a lo social, cultural, sexual o racial... ¿Se dan cuenta del alcance que quieren tomar?

Abajo la tradición

El sistema de normas socioculturales que teníamos pasó a ser denostado. Señalado como inherentemente injusto por heteropatriarcal, capitalista y judeocristiano, por tanto, necesariamente debe ser, no solo desmantelado, sino señalado y borrado del imaginario. Que no queden dudas. Y para eso inventaron la cancelación.

Si analizamos el mismo concepto del ‘despertar’ nos evoca una toma de conciencia en contra de esta supuesta estructura opresiva. Quien ‘despierta’ se considera poseedor de una verdad superior sobre lo que había, elevada a una dimensión casi religiosa. De hecho, el nuevo progre es un fiel doctrinario de una religión sin Dios, pero con sus propios dogmas, herejías y normas morales estrictas.

A diferencia de las religiones espirituales, donde existe la posibilidad de arrepentimiento y absolución, en el marco ‘progre’ actual, la culpa es permanente. El otro rasgo definitorio del progrerío es la abolición de la identidad individual. En lugar de promover una transformación positiva, el sistema empuja a la persona a una demolición continua del yo. 

A la limitación de la libertad individual y del pensamiento. Toda identidad personal la consideran contaminada por el sistema opresivo que se arrastraba de la cultura anterior. Realmente, todo esto es bastante delirante.

Victimismo

Una vez señalado el grupo social, el siguiente paso es el victimismo. Esto ocupa un lugar central en esta lógica de nueva identidad colectiva asumida. La sociedad deja de admirar la figura del fuerte o del exitoso, y centra la atención en la víctima. La condición de grupo oprimido que sufre se convierte en fuente de legitimidad, autoridad moral y reconocimiento social por pura compasión. 

Este grupo agraviado adquiere prestigio, mientras que valores como el éxito o el poder se asocian con la sospecha.

Bajo este nuevo esquema social, la verdad ya no se basa en criterios objetivos, sino en el grado de victimización percibida por el colectivo. Cuanto mayor es el sufrimiento atribuido a una identidad, mayor será su autoridad moral. 

Esa persona ya puede decir las mayores idioteces del mundo; da lo mismo. Esto, por supuesto, debilita el debate racional y el poder de las ideas; y fomenta una lógica emocional que conduce al sectarismo, que es en donde estamos.

Este giro del pensamiento político, en parte, se explica como una evolución del descrédito al poder. El progre-woke, en lugar de enriquecer las estructuras existentes, las demoniza. Hay que derribar todo lo anterior. Por supuesto, su objetivo no es mejorar el sistema. 

Lo que quiere es sustituirlo, invertir las jerarquías para imponer una nueva realidad de valores hechos a su medida. Quiere, y es lógico desde su óptica totalitaria, dominar la sociedad que está deconstruyendo.

Violencias selectivas

No se deje engañar. Aunque el discurso oficial de estos mesías prometa eliminar la opresión, en realidad, lo que intentan es exactamente lo contrario. Al sentirse legitimados para acabar con las supuestas opresiones que denuncian, terminan ejerciendo un poder igual o más coercitivo que el que pretendían corregir. 

Legitiman la violencia como medio para llevar a efecto sus objetivos, solo los suyos, claro. Si esa misma violencia la ejerce alguien distinto a su tribu, es fascismo. Es decir, hay violencia buena y violencia mala, no según el que se combata, sino quién la ejerza. 

El elemento cohesionador para entender este desvarío colectivo es la envidia, el sentir que solo desean la caída del otro, casi siempre, el que tiene éxito. Para ello, emplean narrativas como atribuir ese éxito a privilegios injustos. O enfatizar en la culpa, en lugar de promover la responsabilidad personal. Esto potencia una mentalidad autodestructiva que debilita la autoestima. 

Una persona con baja autoestima hará todo lo posible para lograr la aceptación del grupo, de la tribu. Por eso no toleran la pluralidad, ni la divergencia de pensamientos.

Llevándolo al terreno económico, el progre-woke le ha dado la espalda al espíritu revolucionario histórico del que presumía la izquierda. 

Se siente más cómodo en la institucionalidad, en la asociación pública, en la subvención. Funciona como un mecanismo anclado a la estructura del Estado. Desde donde se come.

Peleles del estado

Todo lo anterior es el caldo de cultivo ideal para alimentar a los políticos inmorales. Las consecuencias, tanto a nivel individual como social, son catastróficas: inseguridades personales, sociedades rotas e individuos educados en la ausencia total de deberes. 

Al recaer todo el peso en el Estado, la persona se convierte en un sujeto pasivo, que solo hace lo que le dice la casta. A cambio, viven sin responsabilidades ni culpas; solo extienden la mano para recibir. Derechos sin responsabilidades. 

¿Quién sería capaz de aceptar un sistema tan opresivo? Aunque cueste creerlo, está pasando; una inmensa parte de la sociedad les compra el discurso. De hecho, ¿a qué conocen a unos cuantos así…? Es acojonante. 

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